Aprendre Música



Joaquín Riquelme Foto: Molina Visuals
La mayoría de grandes músicos compagina su labor como intérpretes con la docencia, ya sea en conservatorios y escuelas oficiales, ya mediante clases magistrales organizadas de forma puntual. 

En Barcelona, uno de los promotores de masterclasses para estudiantes de música es el taller Solé Luthiers, especializado en instrumentos de cuerda y arcos. En su estudio en el centro de Barcelona (un lugar precioso que parece sacado de otra época), organizan esporádicamente conciertos y también clases para estudiantes a cargo de músicos de prestigio.

Este mes de febrero, Solé Luthiers ha acogido dos ciclos de masterclasses, dirigidos a alumnos de grado medio, superior y postgrado. Uno se ha celebrado con Ángel María Jermann, violonchelo solista de la Sinfónica de RTVE durante 11 años, catedrático de chelo del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid y miembro de la Deutsche Kammerakademie.  

El otro protagonista de las masterclasses de Solé Luthiers ha sido el viola Joaquín Riquelme, el único español que actualmente es miembro de pleno derecho de la Orquesta Filarmónica de Berlín, la número uno del mundo según el ranking de la crítica especializada para Bashtrack. Hemos aprovechado su estancia en Barcelona para entrevistar a Joaquín y hablar de cómo enfoca su trabajo como profesor y de su trayectoria profesional.

Barcelona Clásica: ¿Por qué es importante que un músico tenga en cuenta las masterclasses en su formación?
Joaquín Riquelme: Son una buena oportunidad para entrar en contacto con los conocimientos y la experiencia de un músico de prestigio. Sucede a menudo que, en el día a día con el profesor de referencia, ocurren las mismas cosas, pero si te las dice otro parece más serio. Pero en las clases magistrales se tiene acceso a distintos puntos de vista y se conoce a gente de sitios diferentes. Todo eso va impregnando el interior del músico y ayuda en el proceso de formación.

B.C. ¿A qué edad es recomendable que se empiece a tener en cuenta este apoyo formativo?
J.R.
Cuanto antes, mejor. Obviamente, hay que tener una cierta capacidad con el instrumento para, por lo menos, tocar alguna obrita. Pero un niño puede hacerlo perfectamente. De hecho, en estos casos, el reto para el profesor es mayor. Además, existen formatos especialmente pensados para niños, como las colonias musicales de verano.
B.C. En tu caso, ¿han sido importante asistir a este tipo de clases?
J.R.
Podría decir que me han cambiado la vida. En los dos momentos clave en los que tenía que decidir cómo continuar mis estudios, los encuentros con profesores a los que conocí en clases magistrales me ayudaron a decidir qué hacer. Me ocurrió en Murcia, con un profesor del Conservatorio Superior de Música de Madrid, Emilio Mateu, justo cuando tenía que elegir dónde seguir estudiando después del grado medio. Y luego me volvió a pasar al acabar el grado superior, con unas clases en el Festival de Prades del profesor Hartmut Rohde. Fue un flechazo profesor-alumno y su forma de hacer clase me animó a ir a la Universität der Künste Berlin para un postgrado de dos años.
Joaquín Riquelme  Foto: Molina Visuals
B.C. ¿Cómo fue la experiencia de estudiar en Berlín?
J.R.
Me fue bien, pero me hubiera gustado disfrutarla más, porque al poco de empezar en Berlín conseguí la plaza de viola en la OBC y me pasé tres años yendo y viniendo de Barcelona a Berlín.
B.C. ¿Cómo se consigue entrar en la Filarmónica de Berlín?
J.R.
Sinceramente, yo nunca lo había visto factible. El día antes de la audición todavía me preguntaba: “¿Y yo qué pinto aquí?”. Pero, cuando pasé la primera ronda de pruebas, me dije a mí mismo que iba a disfrutar. Y eso es lo que hice: salí y disfruté. Creo que la audición final ha sido una de las veces que mejor lo he pasado encima del escenario.
B.C. ¿No estabas nervioso?
J.R.
Tenía los nervios “buenos”, esos que te hacen ser plenamente consciente de la situación en la que estás. Los nervios “malos” se quedan dentro de ti y forman una pelota de tensión que te absorbe. Pero, si son nervios “buenos”, esa pelota se expulsa y hace que todo te salga bien.
B.C. ¿Qué edad tenías cuando superaste la audición?
J.R.
26 años. Estuve dos años de prueba, tras los que se decide si continúas como miembro de pleno derecho. Tienen que votarte dos tercios de la orquesta. Y, sí, a los 28, me convertí en fijo de la Filarmónica de Berlín. En total, llevo allí seis años.
B.C. Y durante este tiempo has vivido cosas increíbles…
J.R.
Lo que más vértigo produce es pensar que formas parte de la historia de la música clásica. Lo que hace la Filarmónica de Berlín marca la referencia. Esta orquesta y otras dos o tres más, como la Filarmónica de Viena y la Sinfónica de Londres, son el faro que guía a las demás.
B.C. ¿Cómo has vivido la elección del nuevo director?
J.R.
Es lo más parecido a un concilio del Vaticano. El ambiente era realmente especial. Estábamos totalmente incomunicados: el único que tiene un teléfono es el encargado de llamar al nuevo director para anunciarle que ha sido elegido. Desde que Simon Rattle nos comunicó que no quería ser renovado en su cargo de director titular, se puso en marcha el proceso. Todo es muy riguroso: se crean unos estatutos y hay un abogado que comprueba que la votación se realiza conforme a las normas.
B.C. Pero en la primera votación no hubo acuerdo. ¿Por qué?
J.R.
Para empezar la votación, cada músico presenta una lista con sus directores favoritos previa al dia de la reunión. Con los ocho más votados, se inicia la ronda de votaciones. Y entre los dos más votados, se sigue deliberando. Y así hasta que se saca mayoría de votos. En la primera reunión, después de 11 horas y media hora de debate, esta mayoría no se logró.

B.C. ¿Ya conoces a Kirill Petrenko, el que finalmente fue elegido director?
J.R.
Él había venido tres veces como director invitado. Curiosamente, en ninguna de ellas yo estaba, pero los demás músicos estaban encantados y yo confío en mis compañeros. Petrenko vino un día a hablar con nosotros, en un momento entre dos ensayos. Se presentó sin ningún tipo de pompa y nos dijo que intentaría disfrutar de la oportunidad y hacernos también disfrutar a nosotros.

B.C. Suena como la empresa perfecta: el lugar donde son los trabajadores quienes eligen a su jefe…
J.R.
En realidad, los jefes somos nosotros. No solo votamos al director, sino que también podemos decirle: “No nos gustas; te vas”. Y no es un puesto fácil: tiene que congeniar con 128 egos, incluyendo muchos músicos con una impresionante carrera como solistas: a ver quién les dice que una frase está mal hecha. Para lidiar con eso, un director titular ha de ser casi un político. Y en cuanto al resto de condiciones, sí, son muy buenas: pero la exigencia que vivimos en el escenario también es máxima.

B.C. ¿Qué recomendarías a un joven estudiante que aspira a entrar, algún día, en la Filarmónica de Berlín?
J.R.
Es un trabajo de fondo. No por tener mucho talento te van a regalar las cosas: como decía Picasso, la inspiración ha de encontrarte trabajando. Hay que estudiar todos los días y hacerse un plan de trabajo. Y es más importante la calidad del estudio que el tiempo dedicado: es preferible hacer tres horas diarias de concentración plena que ocho sin estar realmente centrados. Los equipos de fútbol de elite no entrenan todo el día: con tres horas les resulta suficiente. Pues esto es parecido. Hay que estudiar bien. Y también tener buenos profesores.


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