Orquestra



Rubén Gimeno. Foto: Ricardo Ríos
El valenciano Rubén Gimeno anunció a finales de mayo que ponía fin a una etapa de siete años como director de la Orquestra Simfònica del Vallès

El periodo transcurrido entre su nombramiento, en septiembre de 2009, y su salida en 2016 podría parecer, "a priori", poco propicio para la consolidación de un proyecto musical de titularidad privada, dada la coyuntura económica. Sin embargo, para la orquesta, estos siete años han supuesto todo lo contrario: la formación ha crecido a nivel artístico e institucional, y el trabajo de Rubén Gimeno ha contribuido mucho a ello. 

Rubén Gimeno inició su carrera profesional como violinista, pero, siendo ya miembro de la Orquesta Sinfónica de Galicia, decidió irse a la Universidad de Maryland para estudiar dirección orquestal. A dar este paso le animó James Ross, un músico que fue también su profesor en Estados Unidos. Este mismo hombre le sustituirá ahora al frente de la OSV.

En una entrevista a Barcelona Clásica, Rubén Gimeno explica cómo ha vivido su adiós a la orquesta y a su público y qué nuevos proyectos prevé abordar de ahora en adelante.


Barcelona Clásica: Te has despedido de la OSV con la interpretación de la Novena Sinfonía de Beethoven, una obra emblemática de tu etapa en la orquesta y en tres salas especiales para la formación: Terrassa, Palau de la Música Catalana y Sabadell. ¿Qué recuerdo te deja este último proyecto?
Rubén Gimeno: Han sido momentos emocionalmente muy intensos. No he podido evitar hacer un repaso a lo que ha sido una etapa muy importante en mi vida. Además, musicalmente, el concierto ha sido bueno. La Novena es todo un reto y el año pasado no acabé tan satisfecho. Ahora, le hemos dado una vuelta de tuerca y el resultado me enorgullece.
B.C. ¿Qué proyectos tienes a partir de ahora?
R.G. Empiezo una nueva etapa profesional como freelance, en la que actuaré como director invitado con diversas orquestas. Es una nueva experiencia. Supone conocer nuevas orquestas y nuevos países, en los que hasta ahora no me había planteado trabajar: por ejemplo, tengo proyectos en China, Turquía, Sudamérica… Pero los que más ilusión me hacen son dos en los que he trabajado en años anteriores: Tenerife y Valencia. Me gusta tener continuidad en un proyecto que conozco y, de alguna manera, sentirme en casa.
Foto: A. Bofill
B.C. La decisión de iniciar una nueva etapa, ¿ha sido conjunta?
R.G.
Sí. Las dos partes teníamos la sensación de que habíamos hecho un camino importante y de que habíamos llegado al punto adecuado para que fuera otra persona la que lo retomara. No quiero entrar en una vorágine de desencanto. Me quedo más bien con esa idea de que, aunque ya no exista la pasión del principio de una relación, sí hay un cariño profundo. De hecho, para el año que viene, tenemos tres proyectos juntos, que son muchos conciertos.
B.C. Es curioso que tu sustituto en la OSV sea James Ross, tu antiguo profesor.
R.G.
Es mi profesor, mi mentor y la persona de la que más he aprendido. Que sea director es culpa suya. Él insistió en que me formara como director. Y también estoy muy feliz por él, porque le gusta mucho vivir en España y está muy emocionado con la idea de instalarse aquí.
B.C. ¿Has participado en la elección de nuevo titular?
R.G. No tengo la vanidad de dejar un legado.
En este proceso, lo mejor era mantenerse al margen y que la orquesta tomara por sí misma la decisión que considerara más adecuada.
B.C. ¿Qué recuerdos de tus siete años como titular de la OSV te han marcado especialmente?
R.G.
  Ha habido momentos en los que hemos dudado de lo que había que hacer. Pero estoy contento de que, al final, la OSV haya tenido el coraje de probar cosas nuevas. Ahora, el camino está más claro que hace siete años. En cuanto a proyectos, me siento especialmente satisfecho de haber hecho el Mesías participativo con niños y también de la experiencia de flashmob con la Oda a la Alegría, que tanta repercusión ha tenido. Sobre los programas, la Segunda de Beethoven ha sido, quizás, la semana en la que he sentido una mayor comunión entre la orquesta y yo mismo.
B.C. ¿Y qué cosas te quedan pendientes para el futuro?
R.G
. Diría que bastantes cosas. La OSV es peculiar. No es una orquesta pública y esto implica que, cuando se hace algo, hay que tener en cuenta muchos factores y pensar especialmente a qué público nos dirigimos. Pero, aunque no se pueda hacer todo el repertorio que existe, sí hemos presentado obras clave de Beethoven, Mozart, Tchaikovsky… Quizás Mahler quede como reto para el futuro.
B.C. Uno de los proyectos que más notoriedad ha tenido ha sido la flashmob de la Novena Sinfonía. ¿Se traduce esta repercusión en redes sociales en más público en la sala?
R.G. Yo sí lo he notado.
Es cierto que la distancia entre la orquesta y el público puede resultar atractiva y, de alguna manera, mitificadora. Pero, cuando se rompen barreras, los espectadores también lo agradecen. Lo ideal sería conseguir un equilibrio entre ambas situaciones.
B.C. Empezaste en la música como violinista. ¿Te planteas ahora retomar tu carrera como instrumentista?
R.G.
No, ese camino se cerró hace años. El violín es un instrumento cruel: exige contacto diario y yo hace tiempo que he perdido esa rutina.
B.C. ¿Y como profesor?
R.G.
Como profesor disfruto mucho. Trabajar con jóvenes me llena muchísimo y, con las colaboraciones con las jóvenes orquestas, he acumulado bastante experiencia. De todas maneras, me gusta enseñar, pero no quisiera tener la responsabilidad de formar a un músico a largo plazo.
B.C. Como director de orquesta, tuviste una formación amplia y diversa, en lugares diferentes de Europa y de Estados Unidos. ¿Qué has aplicado a tu trabajo de aquella etapa?
R.G.
Tuve la fortuna de estudiar y compartir clase con muy buenos músicos. Como director, el mensaje más importante es que hay que aprender a escuchar a la orquesta para encontrar un equilibrio. Se parece un poco a montar a caballo: no puedes estar azuzando todo el rato. No se trata de mandar, sino de sugerir, de compartir… Cada instrumento es un cuerpo independiente y así hay que entenderlo.
Foto: Ricardo Ríos
B.C. La historia de cómo llegaste a ser director de orquesta es peculiar por la cantidad de coincidencias y golpes de azar que tiene…
R.G.
Es cierto. Me he movido por intuiciones. Y fue casualidad que James Ross llegara a una universidad americana sin departamento de dirección de orquesta y que le pidieran que lo organizara con candidatos a los que conociera, y me llamara a mí. Me propuso que dejara la Orquesta Sinfónica de Galicia y fuera a estudiar con él a Estados Unidos. Pensé: “Bueno, no hay nada irreversible”. Y, después, estando en América, me llamó el director Alan Gilbert para hacer unas pruebas en el Conservatorio de Estocolmo… que eran al día siguiente. Tres horas después, estaba en un avión volando a Suecia. Superé las pruebas y entré a estudiar allí, en un curso con algunos de los mejores directores del mundo: Jorma Panula, Alan Gilbert, Essa Pekka Salonen, Jukka Pekka Saraste, Leonard Slatkin...

B.C. ¿Hubo algún punto de inflexión, algún momento definitivo que supusiera el inicio de tu carrera profesional como director?
R.G.  Las oportunidades llegan poco a poco. Me encontré con que, de tener un 90% de trabajo como violinista y un 10% como director, los porcentajes se iban equilibrando… Hasta que un día el 100% es de director.

B.C. Uno de tus profesores en Suecia, Jorma Panula, originó una cierta polémica a nivel internacional al asegurar en la televisión finlandesa que las mujeres no deberían ser directoras de orquesta. ¿Conocías esta opinión?
R.G. Me extraña, porque Jorma ha tenido muchas alumnas de dirección. Mi visión personal es que la música está muy por encima del sexo. Es algo en lo que ni siquiera reparo. Este es un mundo centrado en un repertorio de hace cientos de años y en autores del pasado, y por eso se mueve más despacio que otros ámbitos de la vida y hace que todavía no se vean como normales cosas que en otros aspectos sí lo son. Pero ahora están llegado al podio mujeres tan talentosas, o más, que los hombres.

B.C. ¿Hay alguna orquesta a la que sueñes dirigir?R.G. Dirigir una orquesta concreta no es una misión en sí misma. Yo intento disfrutar de la experiencia de tener unos instrumentos tocando contigo. Hay directores que han tenido la posibilidad de trabajar con una orquesta prestigiosa, como, por ejemplo, la Filarmónica de Berlín o la Filarmónica de Viena, y sienten la presión de tal manera que, en lugar de disfrutar, sufren. Además, yo aprecio mucho el elemento humano y el sentimiento de ser bien acogido.




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