Piano



El ciclo  de Residencias Musicales de La Pedrera, dedicado a descubrir para el gran público a jóvenes talentos de la música, presenta este domingo al tercer seleccionado de la edición 2015/2016: el pianista barcelonés Ricard Rovirosa, quien ofrecerá un intenso programa de duetos de piano y violoncelo con obras de Beethoven, Schumann y Debussy.

De 29 años, Ricard vive desde hace una década en Londres, donde ha cursado todos sus estudios superiores. Fue aceptado en la prestigiosa Guildhall School of Music and Dramacon premio de audición y, entre los numerosos galardones recibidos en su carrera, destacan concursos como el primer premio en el Oxford Music Festival Piano Competition en 2012 o el Premio de la Crítica del Primer Palau en 2011.
Hablamos con Ricard de su trayectoria y de la importancia que para él tiene haber sido elegido par ael ciclo de Residencias Musicales.

Barcelona Clásica: ¿Cuándo empiezas a soñar con convertirte en un pianista profesional?
Ricard Rovirosa: Cuando era pequeño, quería ser futbolista del Barça o médico como mi padre, pero no fue hasta que entré en la Escolanía de Montserrat, con 10 años, que empecé a amar la música profundamente. La influencia de mi profesor de piano, Vicenç Prunés, fue determinante: fue mucho más que un gran profesor de piano. Asimismo, Maria Lluïsa Reñaga y Albert Attenelle, de la Escola de Música de Barcelona, fueron las personas que me ayudaron, ya más adelante, a encontrar mi voz artística: son también dos personas que me han influido muchísimo y a quienes estoy eternamente agradecido. También me marcó mucho el hecho de cantar la Salve a la Moreneta cada día como escolano de de Montserrat... Aquello me hizo amar la música. .

B.C. ¿Por qué fuiste escolano de Montserrat? ¿Fue un deseo tuyo?
R.R.
Entrar en la Escolanía de Montserrat era una gran ilusión mía. A mis padres, de hecho, no les hacía ninguna gracia, pero, cuando vieron que estaba realmente decidido, me dieron todo su apoyo.

B.C. ¿Y cómo fue que decidiste hacer los estudios superiores en Londres?
R.R. Albert Attenelle conocía a Joan Havill y me recomendó ir a hacer una clase con ella para ver qué me parecía. Fui, y la experiencia fue impresionante. Desde entonces, no he parado de aprender de una mujer que me ha marcado muchísimo. Paralelamente, siempre había deseado ir a Londres. Decidí hacer las pruebas y tuve el privilegio de ser aceptado en la Guildhall School of Music and Drama.

B.C. Actualmente continúas viviendo en Londres. ¿Qué proyectos tienes?
R.R. Estoy en el último año de doctorado antes de pasar a escribir la tesis. Hacer un doctorado como pianista es un reto mayúsculo, ya que requiere de un gran equilibrio entre investigación y estudio del instrumento. Estoy disfrutando mucho de esta etapa llena de nuevos retos. Londres ha significado mucho para mí: es donde he hecho la carrera, el máster y, ahora, el doctorado. Después de 10 años viviendo en Londres, la cultura británica ha pasado a formar una parte importante de quien soy. 

B.C. De todo tu currículum, ¿cuáles han sido los momentos decisivos?
R.R.
Ha habido muchos momentos especiales a lo largo de mi carrera pianística. Aun así, el día que hice el concierto del Primer Palau fue único. También recientemente he grabado mi primer CD en los estudios Abbey Road de Londres. Trabajar con gente tan profesional y en un lugar tan emblemático te abre un nuevo abanico de posibilidades totalmente increíble.

B.C ¿Qué esperes ofrecer en los conciertos de la Pedrera?
R.R.
La Residencia Musical de La Pedrera es un reto. Espero ofrecer a la audiencia mucha alegría, vitalidad y profundiad musical a lo largo de los tres conciertos del ciclo. Son tres programas de estilos bien diferentes y pienso que el público disfrutará de una buena velada musical.

B.C. El programa del primer concierto se basa en duetos de violoncelo y piano. Para ti, ¿cuál es la pieza más especial?
R.R.
Este programa me hace mucha ilusión, ya que me reencuentro con un amigo y artista, Octavian Lup, a quien conocí hace cinco años en Holanda. Todo el programa es precioso y laminero, pero la tercera sonata de Beethoven ofrece momentos de una belleza inolvidable.


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