Don Quixot
opera



Fotografía: A. Bofill. Gran Teatre del Liceu
Las dos caras de la ópera se han vivido intensamente en el Gran Teatre del Liceu en solo una semana. 

Los liceístas han tenido la suerte de experimentar, por un lado, la cara excelsa, la que emociona y engancha incluso a quienes no saben nada de ópera. Pero, por otro, han topado con la cara mediocre, la que aburre e indigna, especialmente si has pagado una fortuna por la entrada.

Esto es lo que, según los comentarios de crítica y público, ha pasado con las recientes representaciones de Siegfried y de Tristan und Isolde.  Son dos títulos wagnerianos de dificultad extrema y venerados por los aficionados al compositor alemán, que se supone que en Barcelona son especialmente numerosos.

Ambos venían avalados por grandes nombres. Siegfried, por una pareja solista (Lance Ryan e Irene Theorin) considerada entre las mejores del mundo para los papeles de Siegfried y Brünhilde; Tristan, por el famoso Valery Gergiev, director artístico del Teatro Mariinsky de San Petersburgo, quien se traía a los solistas del teatro y a toda su orquesta para recrear a Wagner en el Liceu. Y este fue el resultado, según nos han contado los críticos.


Siegfried empezó con un sobresalto: en la función de estreno, la primera en salir a escena fue la actual directora artística del Liceu, Christina Scheppelmann, para anunciar que el tenor titular, el canadiense Lance Ryan, no estaba en condiciones de cantar y sería sustituido por el tenor del segundo reparto, Stefan Vinke. Toda la crítica ha aplaudido el gesto de Scheppelmann, nada habitual en el teatro barcelonés, pero normal en otras plazas internacionales en el caso de incidentes como la indisposición de un cantante.

Y quizás esto fue un buen síntoma de lo que vino luego. Porque Vinke, en lugar de acusar la presión de su inesperado debut, acabó haciéndose con la “titularidad” del papel de Siegfried para el resto de representaciones. Críticos como César López Rosell (El Periódico) o Roger Alier (La Vanguardia) coinciden en destacar que, a lo largo del estreno, Vinke fue “de menos a más”.

Fotografía: A. Bofill. Gran Teatre del Liceu
Para Jordi Vilaró, Vinke “se sobrepone a la dura orquestación wagneriana y, al mismo tiempo, es perfectamente capaz de otorgar a esta voz heroica un color y un frase ciertamente antológicos”. Y si hacemos caso a Joaquim, de In fernem land, que ha asistido a varias representaciones de Siegfried, el tenor ha hecho méritos para convertirse en el cantante más destacado de la temporada 2014/2015: no solo cumplió en el estreno, sino que en la siguiente sesión lideró una representación antológica, que el exigente Joaquim alaba sin ahorrar adjetivos.

Lance Ryan apareció en la cuarta sesión de Siegfried, la del día 17, y según la crítica de Ópera World, se quedó bastante lejos de las prestaciones de Stefan Vinke: "Su voz ha perdido amplitud y hoy resulta casi más adecuado para cantar Mime que Siegfried. La cosa fue particularmente llamativa en los dos primeros actos, donde la voz de Mime resultaba más poderosa que la del protagonista de la ópera. Hoy Lance Ryan no es una solución en Siegfried.”

¿Qué le ha ocurrido a Lance Ryan, además de sufrir un gripazo que recordará toda la vida? In fernem land nos apunta una explicación: “El tenor Ryan sufre una sobredosis de Siegfried acumulada en pocos años que ha acabado con su voz.” Ante esta situación, estaremos atentos a ver qué ocurre con el reparto de El crepúsculo de los dioses, la última jornada de la Tetralogía de Wagner, programada en el Liceu para febrero y marzo de 2016. De momento, Lance Ryan sigue manteniendo el rol de Siegfried, pero no nos extrañaría que Stefan Vinke obtenga un merecido premio a su esfuerzo.

Fotografía: A. Bofill. Gran Teatre de Liceu
Para que Siegfried dejara el buen sabor de boca del que crítica y público hablan, no bastaba con un excelente tenor protagonista: el resto de voces debían estar a su altura. Y así lo hicieron, especialmente los miembros del primer “cast”, el más referenciado por la crítica. Las ovaciones principales van para Albert Dohmen (El Caminante / Wotan) y para Irene Théorin (Brünhilde), “valquiria de agudo intenso y fuerza desatada”, según escribe Javier Blánquez en El Mundo. Los demás cantantes también salen bien librados: no hemos visto críticas duras de ninguno de ellos.

Sobre la orquesta, hay menos unanimidad, pero la valoración general también es buena. Casi todos los críticos coinciden en señalar que la dirección musical de Josep Pons cuajó un resultado mejor que en las entregas de la Tetralogía de años anteriores. Por ejemplo, César López Rosell habla de “dirección atinada, consiguiendo homogeneidad sonora y brillante en los pasajes más delicados”; Jaume Radigales también destaca este “detallismo muy bien resuelto” por la orquesta; y Xavier Cester elogia especialmente la interpretación del pasaje de “Los murmullos del bosque".

Las divergencias se amplían en la valoración escénica
. Algunas voces (Opera World o Alejandro Martínez, en Codalario) critican el “estatismo” de la propuesta y la censuran por ser “la menos interesante de las tres entregas”. Sin embargo, revisando el conjunto de la crítica, el saldo general sigue siendo positivo para la impresión del Siegfried: Xavier Pujol, en El País, habla de una “producción cuidada y minuciosa en la dirección de personajes” y Javier Blánquez la califica de “inteligente y elegante,  que no es poco”.
Fotografía: A. Bofill. Gran Teatre del Liceu

Y vamos con el Tristan. Como el lector puede imaginar, si Siegfried era la cara buena, al héroe enamorado de Isolda le tocó la peor parte. No nos recrearemos demasiado en el desastre que fue una representación tan vergonzosa que el mismo Teatro Mariinsky ha pedido a Catalunya Ràdio retirar el audio del archivo online. Bastará echarle un vistazo a los titulares de los críticos, a los que las connotaciones del nombre “Tristan” les fueron de perlas: “Un Tristan un poco triste”, titula Roger Alier; “Tres tristes actos de Tristan”, dice Javier Blánquez; “Desastroso Tristan und Isolde en el Liceu”, afirma Jaume Radigales; “Ni Tristan ni Isolda”, firma Pablo Meléndez-Haddad (ABC)…

El principal problema, según señalan unánimemente los críticos, no fue la orquesta del Teatro Mariinksy, aunque, como In fernem land y el crítico de ABC apuntan, esta tampoco tuvo una de sus mejores noches. Incluso podrían salvarse algunos solistas, especialmente el bajo Mikhaíl Petrenko (rey Marke) y la mezzo Yulia Matochkina (Brangäne), de acuerdo con la mayoría de reseñas. El naufragio vino con la pareja de amantes, integrada por Robert Gambill (Tristan) y Larisa Gogolevskaya (Isolda), ambos una generación mayor al cantante que interpreta al rey Marke. El mundo al revés.

La incoherencia escénica se hubiera perdonado si no fuera porque tenor y soprano no consiguieron salir vivos del tremendo reto que supone el rol protagonista. “Voces ajadas”, “vibratos” cuando no tocaba, “emisión limitada”… Todos los problemas imaginables en el canto los sufrieron Gambill y Gogolevskaya, a quienes la dificultad del papel, las características de un gran teatro como el Liceu y la exigencia del público barcelonés, tan entendido en lo que a Wagner respecta, no ayudaron nada.

La pregunta es por qué un director tan prestigioso como el ruso Gergiev se presenta con semejantes solistas en Barcelona. Maricel Chavarría nos explica en La Vanguardia cómo se gestó la contratación del espectáculo. 

Sin embargo, sin querer ver fantasmas ni atizar todavía más los ánimos, creo que quien tiene toda la culpa es el director artístico, Valery Gergiev. Salga bien o mal la cosa, la responsabilidad ha de recaer en él. Y me atrevo a pensar que no hubiera presentado un reparto así en, por ejemplo, el Covent Garden, en La Bastille o en la StaatsOper. Pero en Barcelona, sí. Igual hasta pensaba que nadie se daría cuenta.


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