I Puritani
Instrumental y música de cámara

Alexandra Soumm: la chica que quiere cambiar el mundo con un violín

Viernes 2 Diciembre 2016

Desde que era adolescente, Alexandra Soumm, hija y nieta de violinistas, ha sido considerada como uno de los jóvenes valores del instrumento en Europa. Ahora, con 26 años, esta francesa de origen ruso acumula ya más de 16 años de carrera, con colaboraciones con orquestas y directores de todo el mundo.

Pero Alexandra, muchas veces calificada de “prodigio” por sus actuaciones como solista desde corta edad, no cree en la genialidad y todavía menos en el individualismo. Para ella, la música, más que arte, ha de servir como herramienta para construir un mundo mejor.
 
El próximo 4 de diciembre actúa en Barcelona, en el concierto inaugural de temporada de la Orquestra Camera Musicae en el Palau de la Música Catalana, bajo la dirección de Tomàs Grau, en un programa íntegramente dedicado a Piotr Tchaikovsky. En esta entrevista nos explica qué espera del concierto, cómo ve su carrera y por qué cree que la música puede ayudar a cambiar la sociedad.
 
Barcelona Clásica: ¿Es la primera vez que actúas en el Palau de la Música Catalana?
Alexandra Soumm: No. Actué hace ya casi diez años con la Orquestra Simfònica del Vallès. Recuerdo que una atmósfera extraordinaria. Es un lugar único…
 
B.C. ¿Cómo surgió la posibilidad de actuar junto a la Orquestra Camera Musicae?
A.S. Fue a través de mi representante. Ella me explicó que se trataba de una orquesta muy joven y muy especial. Y ahora, tras la experiencia de los ensayos, he visto que tenía razón. Los músicos son muy frescos y reaccionan a todo con rapidez. Hablan mucho entre ellos y eso es bueno, porque la comunicación siempre ayuda a mejorarlo todo. Es mucho más democrático que todo el mundo tenga voz y se sienta importante. 
 
B.C. Interpretas el Concierto para violín y orquesta de Tchaikovsky. ¿Cómo describirías tu papel como solista en esta obra?
A.S. La música de Tchaikovsky es muy apasionada. Evidentemente, también es muy compleja técnicamente. Por ejemplo, en esta pieza destaca especialmente el diálogo entre el violín y los instrumentos de viento: el propio Tchaikovsky tocaba el clarinete. Pero lo más difícil de conseguir es, sin duda, la intensidad. 
 
B.C. ¿Ha sido Tchaikovsky un compositor importante para tu carrera?
A.S. La verdad es que me siento bastante identificada con él, especialmente porque soy una persona muy apasionada. Al fin y al cabo, ¡también soy rusa!
 
B.C. ¿La vocación por el violín te viene de familia?
A.S. Toda mi familia se dedica a la música. Mi padre es violinista, y su padre –mi abuelo- también lo era. Mi madre, en cambio, es pianista. A los cinco años, me dieron a elegir: “¿Qué quieres tocar? ¿El violín o el piano?” Y me decidí por el violín. 
 
B.C. Así que tu padre fue tu primer profesor…
A.S. Sí, lo fue hasta que a los 9 ó 10 años entré en el Conservatorio de Viena. Y era bastante estricto: por cada año que cumplía, añadía una hora más de estudio diario, aunque, en mi caso, me gustaba tanto el violín que tampoco suponía una verdadera obligación…
 
B.C. Empezaste a destacar desde muy joven. ¿Te sientes identificada con la descripción de “niña prodigio”?
A.S. No creo en el genio. Nadie es diferente de los demás por el hecho de que haya algo que se le dé muy bien. Lo que normalmente se llama “prodigio” es alguien que trabaja más y cuyo cerebro va más rápido en hacer algo concreto. Pero luego hay un montón de cosas importantes que esa persona no sabe hacer. Por ejemplo, a mí se me daba bien el violín, pero, en muchas otras cosas, como las matemáticas, soy un verdadero desastre. 
 
B.C. ¿Siempre tuviste claro que querías ser solista?
A.S. ¡La verdad es que no tuve elección! Mi padre lo decidió por mí… [Ríe] Nunca he tocado como violinista de orquesta. Sí he hecho música de cámara, pero fue hace mucho tiempo, cuando tenía quince años, más o menos.
 
B.C. ¿En qué momento sentiste que tu carrera despegaba realmente?
A.S. No creo que haya habido un instante concreto. Solo he participado una vez en un concurso, en 2004, en la convocatoria Eurovision para jóvenes intérpretes, y gané. Pero no he vuelto a hacerlo, y eso que creo que los concursos son buenos para los músicos: ayudan a marcarse retos y, a veces, no hay otra forma de darse a conocer. Sin embargo, en mi caso, la evolución ha venido poco a poco, como una sucesión de pequeñas cosas: un concierto despertaba el interés de un director y llevaba a otro, y luego a otro… Es parecido a cuando los futbolistas dicen que una competición se gana partido a partido. Para mí, cada concierto es igual de importante.
 
B.C. Para ti son muy importantes los proyectos solidarios. ¿Por qué?
A.S. Cuando cumplí 19 años, empecé a sentir que algo estaba yendo mal. Miraba al público de mis conciertos y siempre veía lo mismo: personas de mediana edad y de buena posición. Faltaba gente. ¿Dónde estaban los jóvenes? ¿Dónde estaban las personas de otras clases sociales? Así que, con dos amigos, creamos la fundación Esperanz’arts y empezamos a dar conciertos en hospitales, escuelas, centros sociales, residencias de personas mayores… Ahora somos 60 artistas colaborando con el proyecto. Siempre volvemos a los mismos lugares, porque queremos cultivar el vínculo humano entre los músicos y las personas que nos escuchan. 
 
B.C. ¿Por qué? ¿Qué te aporta este proyecto?
A.S. El vínculo humano es importante para luchar contra el individualismo. Yo me siento responsable por lo que pasa en el mundo. No todo lo que ocurre es culpa de los políticos: nosotros debemos también asumir una parte. No podemos esperar que las cosas se solucionen sin hacer nada.
 
B.C. ¿Qué opinas de los sorprendentes acontecimientos políticos y sociales que estamos presenciando durante estos últimos meses?
A.S. Vivimos en un mundo muy incierto y la gente está harta. Harta de la corrupción, de los abusos financieros de Wall Street, etcétera. Algo está mal. Tenemos una tecnología fantástica, más escuelas que nunca en el mundo, más avances científicos para curar enfermedades, más conciencia medioambiental… Pero, desde el punto de vista emocional o espiritual, no hay un equilibrio. 
 
B.C. ¿Y cómo se puede conseguir ese equilibrio? ¿Hay esperanza?
A.S. Sí. Las nuevas generaciones están más concienciadas. Estoy segura de que existe una alternativa. Y, al respecto, creo que el arte ha de tener un papel importante. La música no puede aportar solamente belleza; también ha de servir de ayuda para concentrarnos y empezar a reflexionar sobre lo que de verdad importa.
 
B.C. Entre tus diversas experiencias de colaboración internacional, has tenido la oportunidad de conocer la organización de orquestas y enseñanza musical de El Sistema, en Venezuela. ¿Qué opinas de ello?
A.S. Los chicos y las orquestas son increíbles. Es mágico lo que hacen. Pero hay un lado oscuro: para participar, hay que ser amigo del gobierno. No se puede elec. Es la única crítica que se puede hacer. En ese sentido, sería importante que El Sistema pudiera tener independencia económica.
 
B.C. ¿Dónde te van a llevar tus próximos proyectos?
A.S. Volveré a España en marzo para actuar en Bilbao. Y, mientras tanto, tengo compromisos en todo el mundo: Brasil, Japón… 
 
B.C. Además de la música y de los proyectos sociales, ¿qué otras inquietudes tienes?
A.S. Me encanta la poesía. Leo y escribo para mí. De momento, no tengo previsto publicar nada, pero… ¿quién sabe?
 
[A continuación, vídeo en el que Alexandra actúa en un concierto de Esperanz'arts]

 
 

Últimas noticias