Piano

María Manzano: una pianista en Nueva York

Lunes 10 Julio 2017

María Manzano es la creadora de la Barcelona Piano Academy, una iniciativa de formación de jóvenes pianistas que se celebra en verano en Barcelona. Originaria de Cádiz y formada entre Cádiz, Granada, Madrid, Barcelona y París, María reside actualmente en Nueva York. Desde Estados Unidos, la joven pianista sueña con devolver a Barcelona un poco de lo mucho que, en su opinión, le ha dado la ciudad. 

Barcelona Clásica: ¿Cómo fueron tus inicios en la música?
María Manzano: 
En mi casa no había músicos, pero mi hermano tocaba un piano vertical que teníamos y de pequeñita siempre le escuchaba. Un día, cuando yo tenía tres años, mi hermano y mis padres vieron cómo empecé a “jugar” con el piano y a tocar de oído alguna melodía. Un día me preguntaron si me haría ilusión aprender a tocar y así comenzó todo. A los seis años empecé a recibir clases elementales de música y a los ocho años entré en el Conservatorio de mi ciudad, Chiclana de La Frontera, y posteriormente en el de Cádiz capital. 
 
B.C. ¿Y cómo se pasa de Cádiz a Nueva York?
M.M. 
No fue un paso directo, sino que hubo varias etapas intermedias. Primero estuve en Cádiz, cursando el Grado Profesional de piano con la profesora Pilar Espejo, y a los 17 años empecé a compaginar mis estudios en Cádiz con viajes a Madrid para tomar clases con la profesora María Luisa Villalba. Un año más tarde, ingresé oficialmente en el Conservatorio de Madrid. Finalizado el Grado Profesional, con muy buenos resultados y galardonada con Premio de Honor, fui a estudiar con el catedrático Antonio Sánchez Lucena en el Conservatorio Superior de Granada.

Me sentía muy feliz con las enseñanzas que estaba recibiendo de este gran profesor, pero siempre había admirado mucho al pianista Albert Attenelle: tenía discos suyos, lo había visto en televisión y sentía un gran interés por él como profesor. Cuando supe que estaba dando clases en el Conservatori del Liceu de Barcelona, un fuerte impulso irracional me llevó a pensar que tenía que ir a Barcelona a estudiar con él. 
 
Y, tras mi experiencia en el Conservatori del Liceu, he de decir que, por muchas razones, creo que se trata del mejor conservatorio de España. Hay un nivel muy alto de enseñanza y, en mi opinión, por la calidad de profesorado, de las actividades musicales y de las instalaciones, mi opinión es que es el número uno. Con la dirección de Maria Serrat, el Conservatorio ha crecido a pasos realmente agigantados, y es de verdad increíble ver los medios que ha desarrollado en tan poco tiempo. El mecenazgo de la Fundación de Música Ferrer-Salat ha sido también decisivo para hacer posibles muchísimas actividades de primer nivel.


B.C. ¿Cómo fue tu experiencia en Barcelona?
M.M.
 Entré en el Conservatori del Liceu en 2007 y fue una experiencia extraordinaria, absolutamente decisiva en mi proyección. El Liceu me dio muchísimas oportunidades y fui elegida en numerosas ocasiones para dar conciertos representando al Conservatorio. Finalicé el Grado Superior con muy buenos resultados y obteniendo un Premio Extraordinario. Por esta gran experiencia, decidí seguir estudiando aquí dos años de posgrado con Albert Attenelle. Conseguí ser seleccionada en la primera convocatoria de becas “Joves Promeses” de la Fundación de Música Ferrer-Salat, para el segundo de mis años de posgrado.

Estoy infinitamente agradecida a la Fundación, pero quisiera destacar que no se debe solamente al enormemente generoso apoyo económico recibido, sino también, y muy especialmente, al apoyo personal que me han brindado tanto el presidente de la Fundación, Sergi Ferrer-Salat, como su esposa, Montse Viladot. Esto ha resultado crucial para mí: es algo que tiene mucho más valor que cualquier beca. Y en todo este camino, ha significado también muchísimo para mí la inestimable ayuda y la incansable energía de la secretaria de la Fundación, Lidia Capó. Y, por supuesto, siento un gran agradecimiento por el cariño con que me ha tratado el Conservatori del Liceu. Su gente ha sido como mi familia de Barcelona y, a pesar de los años que llevo fuera de España, han seguido contando conmigo para dar conciertos aquí, y siempre que he vuelto, he sentido un gran afecto de la directora general y de todo el equipo del Conservatorio, y su interés por mi carrera. Esto hace que me sienta muy valorada en Barcelona, y representa una gran diferencia sentimental con respecto al resto de lugares donde he estudiado o trabajado.

B.C. ¿Por qué te planteaste el salto al extranjero?
M.M. 
Decidí hacer las pruebas de ingreso para la École Normale Supérieure de Musique de Paris. Pensé que no las superaría, pero me lo planteé como un reto personal y me admitieron. Mi plan era seguir viviendo en Barcelona y viajar regularmente a París para las clases. Por casualidad, en la Fundación Ferrer-Salat conocieron mi situación y se ofrecieron a continuar apoyando mi carrera cubriendo los gastos de mi alojamiento en París durante mis dos años de estancia allí. Creían, con toda la razón, que estar viviendo en la capital francesa podría ser un estímulo muy grande para mi formación musical y personal: me estaría perdiendo algo muy importante si solo iba a París de tanto en tanto, en lugar de instalarme allí y poder disfrutar de la maravillosa riqueza y diversidad cultural de aquella ciudad. Para mis estudios en Francia conseguí también una beca para jóvenes artistas de la AIE (Sociedad de Artistas Intérpretes o Ejecutantes de España) y otra de la Fundació Agustí Pedro i Pons (de la Universidad de Barcelona) con las que pude sufragar los gastos de mi matrícula en la École Normale.

B.C. ¿También fue un reto personal presentarte a las pruebas de acceso en Nueva York?
M.M.
 La New York University y la Manhattan School of Music son dos de los centros de estudios más prestigiosos de todo el mundo y, en el caso de la NYU, no solo en materia de música. Por poner un ejemplo elocuente, puede destacarse que de la Film School de NYU (Tisch School of the Arts), han salido bastantes de las principales estrellas del cine norteamericano, como Angelina Jolie, Whoopi Goldberg, Martin Scorsese o Woody Allen, entre muchos otros. La Business School de NYU goza también de una gran reputación, y ocupa el segundo puesto en el ranking de universidades en este sector, después de Harvard. El proceso de selección para centros de este nivel es complejo y muy exigente: comienza con un año de antelación y, para el master en el que yo ingresé, se reciben cada año las solicitudes de entre 2.000 y 3.000 candidatos de todo el mundo, de los que se eligen a unos 80 preseleccionados para ir a Nueva York a hacer la audición de acceso en vivo.

Y, aunque tuve la gran suerte de ser admitida en los dos centros, NYU me ofreció realizar los estudios de master con la Highest Merit Scholarship - Talent Scholarship (beca al más alto mérito), y también un puesto de trabajo como profesora adjunta. Y fue sobre todo esto último lo que supuso un atractivo irresistible y me llevó a elegir NYU.
 
Ceremonia de la Manhattan School of Music
Después de terminar el Máster en NYU, con una espectacular ceremonia de graduación, muy americana, celebrada en el Madison Square Garden y el Yankee Stadium, realicé las pruebas de acceso a la Manhattan School of Music para Professional Studies, un programa muy exclusivo al que se puede acceder después del máster y cuyo nivel de exigencia en interpretación es equivalente a la del programa de doctorado. La diferencia es que está centrado totalmente en la interpretación y no requiere trabajo de investigación.

B.C. Y así fue como te estableciste en Manhattan.
M.M 
Así fue. Supuso todo un reto, porque los comienzos y la adaptación en Nueva York, y más concretamente en Manhattan, donde vivo, representaron momentos muy duros. Esta adaptación en Nueva York nunca habría sido posible sin el increíble apoyo de la Fundación Ferrer-Salat, que siguió confiando en mí.

Es conocido el dicho de “if you can make it in New York, you can make it anywhere”, que viene a decir que quien sobrevive allí puede con todo. No sé si esto es cierto al 100%, pero lo que puedo garantizar es que Nueva York es, con diferencia, la ciudad más dura de todas aquellas en las que he vivido. Sin embargo, una vez logras tener cierta estabilidad y superas los problemas de adaptación, la ciudad resulta apasionante.

Viviendo en Nueva York experimentas constantes obstáculos, pruebas de resistencia y una continua competición para todo, lo que me ha permitido descubrir muchos aspectos de mí misma que en otras circunstancias nunca habría conocido. La sociedad neoyorquina es competitiva hasta el punto de que, o te adaptas lo mejor posible y sigues las “reglas del juego”, o no sobrevives. Cualquier detalle aparentemente normal y sencillo de la vida cotidiana, desde ir andando por la calle hasta alquilar un piso, se transforma en una prueba complicada. Desarrollas lo que llaman “the elephant skin”, la piel de elefante. Y es muy común oír la típica frase de “everybody must care of themselves”.

No quiero parecer negativa y nunca diría que no hay buena gente en Nueva York, pero es indiscutible que se trata de una sociedad tremendamente individualista donde acabas aceptando como normal que nadie va a desviarse de su camino ni por un segundo para hacerte el tuyo más fácil. Todo va muy deprisa, por lo que el tiempo se convierte realmente en un valor muy preciado. Y, si bien creo que esto tiene su parte muy positiva, tiene también una parte negativa, ya que te vuelves más exigente e impaciente con todo.

B.C. Aun así, ¿el balance es positivo?
M.M.
 ¡Absolutamente! ¡Sin lugar a dudas! Estoy viviendo un sueño, una experiencia vital y profesional increíble, por la que me siento realmente afortunada. A veces echo la vista atrás y me emociona mucho pensar en todas las cosas tan buenas (¡de película!) que me han pasado en tan poco tiempo. En Nueva York ocurre todo. Es una mezcla de todas las culturas existentes en una misma ciudad. Es un aprendizaje diario.

Por otro lado, tanto en la Manhattan School of Music como en la New York University he convivido a diario con estudiantes de muy diferentes culturas. Como profesora de NYU he tenido alumnos de todo el mundo, y esta diversidad de culturas me ha resultado muy enriquecedora. Muchos de ellos son asiáticos, un 70% aproximadamente, así que he podido aprender muchísimo sobre la gente de Extremo Oriente.

B.C. Con tu experiencia como profesora en Nueva York, ¿piensas orientar tu futura carrera hacia la enseñanza?
M.M.
 Claro que sí. Por una parte, hay que tener muy presente que, en las circunstancias actuales, dedicarse exclusivamente a dar conciertos resulta más una utopía que una realidad. Pero lo más importante es que considero que la enseñanza es una actividad fascinante que completa y enriquece al intérprete. Cuando uno enseña a los demás, se enseña a sí mismo. Una gran mayoría de grandes concertistas dan clases, y no creo que sea solamente para ganar más dinero, sino porque el contacto y la interacción con los músicos más jóvenes es algo necesario para ellos.
 
B.C. Desde hace unos años, pasas los veranos en Barcelona con la iniciativa que tú misma has creado, la Barcelona Piano Academy (BPA), para formar jóvenes talentos del piano. ¿Qué valoración haces de la experiencia?
M.M.
 Fundé BPA porque sentí que quería hacer algo para devolver a Barcelona una parte de lo que he recibido aquí. Y tenía una gran ilusión por compartir con el resto de pianistas y aficionados a la música el ideal que tenía en mi cabeza de cómo podía ser un festival de piano y mis buenas experiencias con grandes maestros de diferentes procedencias y de centros de referencia mundial que he conocido a lo largo de estos años de estudios.

Llevamos ya cuatro años con BPA, y estamos celebrando la quinta edición contando de nuevo con un profesorado de referencia internacional, grandes pianistas procedentes de centros de primer nivel de Europa. Y este año añadimos por primera vez al cuerpo de profesores a una profesora de Nueva York. Estoy muy satisfecha de los apoyos que hemos conseguido y la respuesta que estamos obteniendo. Nuestra pasada edición fue un gran éxito. Tuvimos alumnos de cuatro continentes y todos los conciertos que ofrecimos en La Pedrera registraron un lleno absoluto. El equipo BPA se va haciendo más y más grande y cada vez son más las entidades que quieren sumarse a nosotros para colaborar de una manera u otra en este proyecto.

B.C. ¿Volverás en el futuro a Barcelona?
M.M. 
De momento, solo en verano, aunque no lo descarto, ya que, después de tantos años y tantas buenas experiencias, siento Barcelona como mi casa. Pero, ahora mismo, me siento muy bien en Nueva York: creo que, en este momento, puedo hacer una mejor contribución a la música desde aquí.

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