Don Quixot
Piano

La guinda del Palau

Jueves 28 Junio 2018

El pasado día 25 de junio, el Palau de la Música recibió a Kathia Buniatishvili, una pianista de origen georgiano que empieza a tener un lugar de peso en la cúpula de los jóvenes intérpretes. Con este concierto, el ciclo de piano en el Palau despedía hasta el próximo otoño.

El auditorio del Palau, vestido de gala para la ocasión, recibió con un entusiasta aplauso a Kathia Buniatishvili que, sin grandes ceremonias se sentó al piano rápidamente y empezó a tocar sin esperar a que la gente acabara de aplaudir. De esta manera comenzó un concierto que la intérprete enmarcó dentro del Romanticismo más intenso con un programa que sigue los nombres principales del género.

La obra que Buniatishvili escogió para empezar el concierto y llenar la primera parte de este fue la Sonata para piano núm. 3 en Fa menor, op. 5 de Brahms. Las primeras notas de la sonata, extremadamente contenidas y delicadas, crearon una atmósfera de cámara de una extremada fragilidad. La intérprete llegó hasta los límites del pianissimo en el Allegro maestoso y el Andante de la sonata, estirando el tempo con una elasticidad que a menudo parecía rozar la exageración. Buniatishvili se dedicó a desafiar al público que, incapaz de estar en absoluto silencio, se removía continuamente, tosiendo a desgana, abanicándose constantemente o haciendo sonar las cámaras de los móviles de manera incesante. La intérprete rompió la fragilidad de los dos primeros movimiento con el Scherzo, agilizando el tempo de una manera considerable y construyendo un sonido que, dejando la solemnidad inicial, se fue acercando hacia el famoso Intermezzo que, como una marcha fúnebre pesada y solemne, dio paso al Finale. Buniatishvili, que había mostrado una contención y delicadeza fantástica, explotó en el último movimiento, haciendo gala de una técnica cautivadora y ligera. La primera parte acabó con un aplauso apasionado y cálido por parte del público, que corrió a comentar la primera parte del concierto con los vecinos abonados.

La segunda parte del concierto pareció romper con el aspecto más camerístico de la primera, con un programa que continuó con la suite de El cascanueces de Tchaikovsky, transcrita por Mikhail Pletnev a mediados del siglo XX. El tempo se volvió de nuevo elástico, bordeando la exageración. La solemnidad de la primera parte pareció quedar atrás para convertirse en algo ligero y caprichoso. La intérprete, que sufrió algún accidente durante el concierto, pareció apostar por el todo y no por los detalles; aunque durante la primera parte del concierto parecía tocar de una manera analítica y detallista, en la segunda se dejó llevar por el torrente de emociones que se la llevaban partitura abajo, saltando por encima de alguna nota si procedía la ocasión.

Tras El cascanueces, Buniatishvili hizo sonar las primeras notas del Vals de Mephisto de Liszt en su transcripción para piano, siguiendo con el carácter programático de la segunda parte de la velada. La pianista hizo una interpretación brillante e impetuosa del famoso vals, llenando el Palau con un sonido desenfrenado y reluciente que daría paso a un aplauso ferviente del público. Buniatishvili continuó con el programa y interpretó la Rapsodia española del mismo Liszt. Con esta pieza la pianista parecía rendir homenaje en el auditorio haciendo sonar las notas que, a su vez, honran las Folies d'Espagne, la jota aragonesa y por tanto una cultura supuestamente ibérica. Buniatishvili interpretó esta última pieza de una manera brillante y ágil, abandonando la solemnidad del inicio del concierto y acercándose quizás los clichés típicos de la música ibérica.

Después de un largo aplauso por parte del público, el artista decidió ofrecer dos propinas musicales que se convirtieron en la guinda del pastel. La segunda marcó todo un punto y final: el Clair de Lune de Debussy, una obra que tocó con una delicadeza espectacular, recuperando la atmósfera camerística del inicio del concierto y cerrando así una velada marcada por la sutileza y la gracia en la interpretación de Buniatishvili.
 
Fotos: Kathia Buniatishvili

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