Conciertos

El 'Mesías' como síntoma

Jueves 30 Agosto 2018

El responsable de la necesidad escribir este artículo es, en buena parte, el filósofo surcoreano Byung Chul-Han (1959). La reciente lectura de algunos de sus interesantísimos ensayos publicados en Herder (Psicopolítica, La sociedad del cansancio o la sociedad de la transparencia) me ha llevado a intentar localizar algunos de sus diagnósticos, en ocasiones alarmantes y apocalípticos, e intentar aplicarlos con uno de los temas que más me preocupan y apasionan: la programación musical de la llamada música clásica y contemporánea en nuestros festivales y equipamientos.

No seré yo ni tampoco éste es el espacio más adecuado para exponer el enjambre del pensamiento del profesor de la Universidad de las Artes de Berlín. Pero sí en la cantidad de sugerentes reflexiones que aporta Byung Chul-Han hay una que me parece esencial: "el capitalismo industrial muta en neoliberalismo financiero con modos de producción postindustriales, inmateriales, en lugar de comunismo". Las consecuencias aún son invisibles, pero para el surcoreano no hay lugar a dudas de que este neoliberalismo financiero ha establecido una mentalidad en nuestra sociedad (libre competencia, productividad, creación de riqueza) que no sólo destruye el concepto de ciudadano tal como la habíamos entendido sino que éste se transforma en un simple esclavo. Somos esclavos, diciéndolo con sus palabras, de la "dictadura del mercado", de la dictadura de lo que nos propone sólo comprar y / o vender.
 
En una entrevista reciente al hasta hace poco director del Centro Nacional de Difusión Musical, Antonio Moral, éste se lamentaba de la inexistencia de programadores o directores artísticos. Sí había, sin embargo, según Moral, gestores que gestionan la música como una fábrica de yogures". Desconozco si Moral ha leído los diagnósticos del filósofo coreano, pero no es menos cierto que una mirada atenta a la gran mayoría de nuestras programaciones de nuestro país parecen haber sido vertebradas siquiera por un objetivo principal: vender entradas. Y, desgraciadamente, poco más.
 
Con esta vertebración, que en algunos casos llega a ser obsesión enfermiza, nos guste o no, se han ido dilapidando los fundamentos y el conocimiento de la función y misión públicos de algunos equipamientos; se ha rasgado la tradición y filiación en lo que conocíamos como humanismo tradicional y, lo más preocupante, parece que nos hayamos asentado en un relativismo cultural que, como bien ha expuesto el crítico literario Terry Eagleton, suele ir acompañado del prejuicio de que todo el mundo es cultural y, por tanto, se niega que haya verdades o valores universales.
 
Atrás parecen haber quedado los tiempos donde el programador musical o responsable artístico tenía como misión la prescripción, el descubrimiento ya no sólo de nuevos repertorios musicales (históricos, patrimoniales, contemporáneos) sino también de nuevos intérpretes. Si el eje vertebrador, como hemos dicho, parece ser el de provocar sólo la venta de entradas, otra de las consecuencias es la de construir las programaciones en base a catálogos de agentes que representan nombres de intérpretes que se van repitiendo año tras año. Hasta la saciedad.
 
En un agradable café compartido con Albert Bou, Presidente de Juventudes Musicales de Torroella de Montgrí, entidad impulsora de un festival del que pude aprender muchas cosas, me decía como el público, en la actualidad, prefiere mucho más reconocer que conocer. O sea: al igual que mis sobrinos pequeños quieren que siempre los lea el mismo cuento o que quieren comer siempre lo mismo, pienso que la obsesión por la venta de entradas ha ido posicionando nuestro público como un agente pasivo, muy infantilizado parecer ir al concierto a reconocer el disco que, previamente, ya ha escuchado decenas de veces.
 
Todo esto puede estar muy bien o muy mal según los ojos que lo miramos, pero una cosa parece clara. Nuestro país, tal vez sin darse cuenta, se ha provincializado con síntomas tales como El Mesías de Händel. No seré yo quien pondrá en juicio un oratorio que admiro y respeto profundamente. Basta releer los Momentos estelares de la humanidad del gran Stefan Zweig para recordarme la importancia de este oratorio Händel en la historia de la humanidad. Ahora bien, es normal que sólo estemos programando Mesías tan insistentemente en Navidad cuando no es ni siquiera un oratorio navideño? ¿Qué pasa con los veintidós seis oratorios restantes? Una mirada atenta a las programaciones de este año nos dice que una excepción será la programación de Semele de G.F.Händel en el Palau de la Música Catalana con J.E.Gardiner. Resto convencido, sin embargo, que esta apuesta se ha hecho porque, como todos sabemos, Gardiner es un director de los que vende.
 
Antes de finalizar. Otra de las "culpables" de haber escrito estas líneas es la editora Aina Vega. A propósito del debate sobre la conveniencia o no de los aplausos entre movimientos de las obras a los conciertos, me tuiteó que había, en mi opinión, cuestiones más esenciales. Detrás del convencimiento de cómo la "dictadura del mercado" es la responsable directa de la situación actual de la programación musical en nuestro país, hay otra que me parece aún más inquietante: ¿qué papel, en verdad, queremos que juegue la música en nuestras vidas?
 
El gran Nikolaus Harnoncourt exponía a los Diálogos sobre Mozart como, en la actualidad, la música se ha convertido en poco más que un bálsamo que utilizamos para evadir unas vidas muy preocupadas y estresantes, pero que en ningún caso estamos dispuestos a vivir experiencias reveladoras como la que puede producirse una experiencia musical de las de verdad. Explicaba así como Mozart en más de una ocasión trastornó los oyentes de su tiempo que habían escuchado su música. ¿Qué nos trastorna en verdad, ahora, de lo que podemos escuchar en nuestras salas de concierto? Estamos dispuestos a ser conmovidos profundamente? Queremos ser transformados? ¿Qué hacemos cuando escuchamos música?
 
Posiblemente el grado de conciencia de estas cuestiones es la que marcará, de ahora en adelante, ya no sólo la programación musical sino el propio rumbo de nuestra sociedad. Por ahora parece que esta haya mutilado nuestra humanidad en común y los modos mecanicistas de pensamiento, entregados totalmente al mercado, han expulsado al exilio a la imaginación creativa. También la de nuestros programadores musicales. Con este exilio también exilian las posibilidades alternativas a un presente marcado, desgraciadamente y con exceso, por la gramática de lo inhumano que nos indicó uno de los últimos grandes humanistas: George Steiner (1929).

Foto portada: Partitura de 'El Mesías' de Händel
Fotos artículo: El Mesías participativo, Byung Chul-Han, Stefan Zweig, George Steiner

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