Conciertos

Els puritans del Liceu

Domingo 7 Octubre 2018

El 5 de octubre el Gran Teatro del Liceu se vistió de gala para recibir el estreno de la temporada 2018/19 con el estreno de la ópera I puritani dirigida por Annilese Miskimmon en coproducción con la Welsh National Opera y la Danish National Opera. Pretty Yende, Elvira, fue la gran revelación de la velada, acompañada de Javier Camarena como Arturo y Andrei Kymach como Riccardo.

El Gran Teatro del Liceu colocó una alfombra roja en la fachada de la Rambla para recibir el estreno de la temporada 2018/19 y todas las personalidades políticas y culturales que debían asistir, formando así una especie de tapón que hizo que algunos de nosotros nos sintiéramos un poco perdidos al entrar en el teatro.
 
Una vez dentro de la sala los invitados, músicos, cantantes y técnicos tuvieron que esperar que todas las personalidades entraran en la sala con la parsimonia típica de su estatus, y entonces se apagaron las luces y comenzó la jauja.

Cuando la sala estaba a oscuras, se abrió el telón y se proyectaron una serie de frases a modo de contexto que narraban el conflicto entre los Stuart y los puritanos en Inglaterra a mediados del siglo XVII y se intercalaban con frases que hablaban del conflicto irlandés de mediados del s. XX entre los católicos y los protestantes, encabezados por Cromwell. Fue entonces, mientras la pantalla rezaba que Cromwell asesinó cientos de católicos irlandeses, que un hombre del primer piso llamó "Como aquí!" Y otro señor de platea le contestó "Cállate!".

De este modo, y con varias onomatopeyas que fueron sonando por la sala, se enrareció el ambiente del teatro que contaba con la presencia del candidato a la alcaldía recién aterrizado de París y un par de ex presidentes de la Generalitat en el primer piso. Al cabo de unos minutos la pantalla cambió y se leyó la derrota de los católicos y la decapitación del monarca, Carlos I, información que el primer llamativo usó para volver con "Esto también pasó aquí!"; huelga decir que las respuestas no se hicieron esperar y sonaron unos cuantos "Ssht", "Que te calles!", "Empieza, director!". En fin, la malaeducación extrapolada en nombre de la política.
 
Así empezó la obra, que prometía no decepcionar en el ámbito político, como mínimo. Una vez acabadas las incursiones sonoras del público apareció Pretty Yende en escena, en un marco propio de un centro social ubicado en Belfast de los años '70 y mostrándonos como Elvira es presa de los medicamentos que deben ayudarla en su supuesta locura. Elvira apareció, turbada, en una escena que nos mostró los partidarios puritanos de Cromwell con un estandarte y vestidos fantásticamente por Leslie Travers a la moda de los años '70.
 
Riccardo, que el día del estreno fue interpretado por Andrei Kymach y no por Mariusz Kwiecień, apareció tímidamente en escena con un timbre bonito pero con una gran falta de potencia, y aunque hizo alguna remontada quedó ciertamente eclipsado por sus compañeros de escenario, aunque no por su compañero Bruno, interpretado por Emmanuel Faraldo.
 
La presentación de Yende fue potente y tierna al mismo tiempo, haciendo gala de un timbre brillante y ciertamente muy bonito que, junto con la actuación de la soprano, creó un personaje del que no podías apartar la mirada. Elvira apareció como un personaje sufriente, escindida por la guerra civil y el amor supuestamente equivocado con un personaje católico. Atormentada por su dolor y su frágil estado de salud, se quedó sola en escena, en este espacio protestante de Irlanda de los años setenta, y fue entonces cuando empezó a delirar o a soñar, y aparecieron unas visiones de su alter ego, trescientos años antes, vestida de novia.
 
Una vez trasladados a Plymouth gracias a las visiones de Elvira, apareció Javier Camarena vestido con una estética caballeresca algo cargada que no favorecía en absoluto la figura del cantante. Con todo, la voz de Camarena se presentó bien firme y ocupó toda la sala, acompañándose con la voz de Yende en el dúo de amor, rodeados de un corazón de negro riguroso y visualmente muy potente, a la moda inglesa del s. XVII.

El primer aplauso genuinamente fervoroso fue el del final del dúo de amor "A te, o cara, amor talora" entre los dos enamorados, que dio paso a la entrada de una fantástica Lidia Vinyes-Curtis que dio voz a Enrichetta di Francia. La escenografía, que había permanecido intacta desde que el telón se abrió, empezó a transformarse en el momento en que Arturo descrubrió la Reina y Elvira empezó a trepar por las paredes, y lo hizo de una manera ciertamente interesante. La sala en la que se encontraban los personajes, de una sobriedad impecable y de un estilo ciertamente urbano y periférico, pareció plegarse en ángulos imposibles, creando esquinas donde no las había y originando formas muy interesantes.
Aprovechando los ángulos y los desniveles apareció otra vez Riccardo, que tristemente quedó eclipsado por el sonido de la orquesta y no hizo llegar su voz a la platea, en un dúo bien desequilibrado con Camarena.
 
 La ópera se fue desplegando sin ningún otro hecho interesante, la locura de Elvira fue también in crescendo y las visiones se fueron intercalando con la Irlanda del siglo XX de una manera muy conseguida, hasta ubicarse finalmente en el siglo pasado. Una vez colocados otra vez en la Irlanda de Cromwell y después de numerosos aplausos al final de unas arias poco exitosas, Yende y Camarena nos ofrecieron la escena de amor final, que debía preludiar el drama.
 
Basta decir que ambos protagonistas hicieron de la velada y de la producción un espectáculo agradable, aunque la ópera per se no tenga mucho interés narrativo. El equipo dirigido por Annilese Miskimmon, ampliamente femenino - por fin! - encontró unas fantásticas soluciones a un tema de otra manera aborrecedor como es el de una mujer gratuitamente enloquecida en un mundo de hombres y de guerra. Elvira, una mujer maltratada por un mundo en el que los hombres tienen que decidir, entre ellos, con quien puede casarse dependiendo de sus propios intereses, sufre un evidente deterioro de salud mental que la lleva, incluso, a ver morir a su amado sin mover un dedo, absorta en sus delirios de novia.
 
Una vez terminada la ópera, con un Arturo muerto en el suelo y una Elvira girando sobre sí misma en pleno delirio, salieron a saludar a los protagonistas. El coro y los coprotagonistas recibieron unos fuertes aplausos, que aumentaron considerablemente con Camarena y explotaron con Pretty Yende, que contrariamente a su colega, hacía un buen rato que subía y bajaba arpegios como una atleta de primera fila.  No obstante, cuando fue el turno del equipo de dirección, los aplausos y los bravo chocaron estridentemente con un griterío alborotado que se lo hacía encima si no destrozaba la velada a Miskimmon.

Evidentemente, tanto la directora como su equipo - que hicieron interesante una ópera que de otra manera hubiera sido soporífera -, junto con los protagonistas y el coro, siguieron saludando amablemente con una sonrisa hasta que fue la hora de plegar y cerrar la velada.

Fotos: Gran Teatre del Liceu. 

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