I Puritani
Conciertos

Una Kàtia Kabànova de referencia

Martes 13 Noviembre 2018

El teatro de las Ramblas presenta esta obra maestra de Janáček en la efectiva producción de David Alden y un reparto de lujo bajo la dirección de Josep Pons

Uno de los rasgos principales de las óperas de madurez de Janáček es su concisión, y Katia Kabánova es quizás el mejor ejemplo. El librito reduce a lo esencial el texto original de Ostrovski, mientras que la música, con su entramado de motivos y ostinati, propulsa la acción hasta el inexorable final en unos intensos noventa minutos que no dejan respiro los espectadores. Esto la convierte en una obra muy exigente: hay una puesta en escena que facilite la comprensión de una trama que a veces resulta condensada en exceso, un reparto equilibrado que haga justicia a la detallada caracterización musical de los personajes y, por encima de todo, una dirección musical que mantenga la tensión y lo encaje todo. Si alguno de estos elementos falla, el resultado se resiente mucho, pero cuando se representa con la altísima calidad que hemos visto en el Liceu, el resultado es una experiencia operística difícilmente superable.
 
Josep Pons fue uno de los principales responsables de este éxito. Su dirección proporcionó en todo momento el ritmo adecuado a la obra y delineó perfectamente los contrastes que aportan información importante sobre los personajes y los acontecimientos que vemos en el escenario. El cuidado con los volúmenes permitió, por un lado, apreciar sin perjuicio por los cantantes la riqueza de la orquestación original de Janáček (con viola d'amore incluida) y, por otro, que en pasajes en los que hay una superposición de múltiples motivos -como en la apertura o el final del primer acto, fueran todos audibles.
 
Aunque el protagonismo recae en Katia, la obra contiene seis personajes más que requieren intérpretes con una fuerte personalidad. Afortunadamente el Liceu ha contado con un reparto de una solidez envidiable, encabezado por Patricia Racette en el rol titular. La soprano norteamericana tiene mucha experiencia en este papel, se nota que se ha hecho suyo el personaje y sabe expresar toda la complejidad emocional tanto con el canto como con los gestos y las miradas. Estuvo espléndida en los dos monólogos que le reserva Janáček. La mezzosoprano Rosie Aldridge fue una Kabànikha inflexible y malvada, con una voz contundente que la revestía de la necesaria autoridad. Francisco Vas consiguió hacer interesante la parte vocalmente poco atractiva del pusilánime Tikhon. Su excelente interpretación llena de matices permitía intuir, aparte del temor a su madre, cierta ternura y simpatía por Katia. Nikolai Shukoff fue un Boris de timbre convenientemente heroico y aires de galán. Los jóvenes amantes Vania y Varvara estuvieron espectacularmente interpretados por Antonio Lozano y Michaela Selinger. Él, con una voz fresca y un canto espontáneo, destacó en la canción cosaca que abre el segundo acto, en la que demostró también ser un buen bailarín. Ella exhibió una amplia paleta expresiva, mostrándose profundamente conmovida por la situación de Katia, e irresistiblemente seductora en sus flirteos con Vania. La sus frases del final del segundo acto, cantadas con una fuerte carga erótica, fueron uno de los momentos más bellos de la noche. El rol de Diko, aunque breve, es de gran importancia, ya que si Kabànikha representa la maldad de estos tiranos de pueblo, él nos hace ver la insignificancia del poder que ejercen. El bajo Aleksander Teligi aportó el tono cómico necesario a este personaje que Janáček nos presenta de forma satírica. Josep-Ramon Olivé, Mireia Pintó y Marisa Martins cumplieron en sus intervenciones puntuales como Kuligin, Glaixa y Fekluixa, respectivamente.

El óptimo nivel musical fue correspondido por la acertada dirección de escena de David Alden. Las óperas de Janáček han tenido una fuerte presencia en el Reino Unido desde que se las introdujo Charles Mackerras, quizás por eso esta producción de la English National Opera es tanto afín al espíritu de la obra. Alden hace con la escena lo Janáček hace con la música: definir, tanto en la superficie como en el fondo, los personajes y sus relaciones. Jon Morrell ha diseñado un vestuario característico para cada personaje (trajes tradicionales y aparatosos para Kabànikha y Diko, apariencia de galán para Boris, sobriedad para Kàtia y un negro impersonal para Tikhon) y la escenografía de Charles Edwards consigue, con un mínimo de elementos, un impacto visual de gran potencia simbólica. El exterior y el interior de la casa de los Kabanov es representada por un espacio abierto delimitado por una única pared móvil, de la que los personajes en cuelgan y descuelgan un icono religioso. La religiosidad de Katia, que busca siempre al amparo del icono, es sincera, mientras que la de Kabànikha, que le da la vuelta para no verla durante su escena con Diko, se interesada. En el segundo acto, el encuentro nocturna de las dos parejas de amantes tiene lugar en un escenario completamente vacío y oscuro excepto por un farol solitario, símbolo de clandestinidad, como nos han enseñado los filmes de espías, y el tercer acto está presidido por un amenazador cartel, de estética soviética, en el que se ve un demonio con un tridente y la palabra "malditos" escrita en cirílico (el libreto sitúa originalmente la acción en un edificio en ruinas, donde hay pinturas de condenados en el infierno). La opresión que sufren los personajes también encuentra expresión en la iluminación de Adam Silverman o, mejor dicho, en las sombras que crea: en momentos clave, la sombra de Kabànikha crecía hasta alcanzar dimensiones gigantescas y, como si tuviera vida propia, vertía intimidante encima la sombra diminuta de Kàtia.

Como ya hemos comentado, el condensado libreto de Janáček y la rapidez con la que ocurre la acción hacen que, a pesar de los aciertos de la producción, pueda resultar difícil seguir todos los detalles. En este sentido fue inestimable la excelencia traducción de Jaume Creus que se usó por sobretitulado. Es una lástima que no se editara en el programa de mano, ya que la mayoría de traducciones disponibles de Katia, en castellano o inglés, son bastante libres, mientras que la de Cruces reproduce idiomáticamente y con fidelidad el sentido del original checo.

Las óperas de Janáček representan un estilo único, una manera de entender la ópera como espectáculo músico-teatral que todo amante de la ópera, o incluso del teatro, debería conocer. Es cierto que no encontramos algunos de los elementos más característicos del género, como as o corazones -aunque no faltan melodías inspiradas, pero su fuerza dramática no deja indiferente. Como dice Josep Pons: "Lo que tiene que hacer la música es transportarte, seducirte, se te ha de llevar ... Pues que se dejen llevar por esta música tan maravillosa y por esta historia dura, cruda como lo es la vida misma ". Quien quiera probarlo más vale que aproveche las cuatro representaciones que quedan: es una ópera que hay que vivir en directo, y la versión que está ofreciendo el Gran Teatro del Liceu es de referencia.


Foto: Patricia Racette en la foto promocional del Liceu

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