Conciertos

Olafsson, Glass, Heráclito y Platón

Miércoles 16 Enero 2019

Ayer pudimos disfrutar, en el Petit Palau, de un concierto extraordinario -de aquellos que dejan huella- con el pianista islandés Víkingur Ólafsson, que interpretó obras de Philip Glass. Este es el primero del ciclo de conciertos dedicados al compositor norteamericano, que seguirá en primavera.
 

La extrema sensibilidad de Víkingur Ólafsson hace que su trabajo en el tiempo y con el tiempo tenga como consecuencia un disfrute absoluto para el oyente. Sus manos nos revelan una personalidad que transmite honestidad y Belleza en el sentido ético de la palabra, si se quiere, como la concebía Platón, asociada a la Bondad y la Verdad. Ólafsson mostró varios registros de la música de Philip Glass que oscilan entre el mundo sensible y el mundo inteligible, hasta conseguir el equilibrio entre las tres almas que conforman el ser humano platónico: la racional, la concupiscente y la pasional.
 
El alma racional abrió y cerró el concierto. "Opening", núm. 1 de Glassworks, y los Études for solo piano, 1/9, 1/2 desfilaban por la sala con serenidad y precisión, ataque impoluto y sentido apolíneo del sonido, ni demasiado alocado ni demasiado monótono, una sucesión diáfana de texturas de goma y planos sonoros contrapuestos que encajaban magistralmente como un tetris orgánico. Todo fluía, y todo era igual y diferente a la vez, porque "no escucharás dos veces la misma frase de Glass; la escucharás y no la escucharás, porque Olafsson es el mismo y no es lo mismo". Un carácter sorprendentemente similar tuvo el Bach de la propina, que podía haber sido exactamente una pieza más en medio del concierto, por la coherencia con la que la dotó Ólafsson, mimetizándose con el resto de notas claras y firmemente articuladas, pero que nos llegaban a los oídos como si fueran de algodón. En realidad, todo respondía a una única manifestación del ethos artístico del pianista, y un gran sentido vanguardista en la visión del Barroco.
 
Esta manera tan característica de Glass de no terminar conclusivamente las obras permitía que el protagonista sólo hiciera pausas cuando le parecía conveniente comentar las obras. El segundo bloque estaba dedicado al Glass "hiperactivo", tal y como lo llamó Olafsson, para demostrar la variedad de registros. El alma concupiscente se manifestó en los Études for solo piano, 2/15 y 2/13: en el primero se hizo la luz, reinaba el optimismo y un cierto sentido lúdico que nos remitía a transeúntes que podían disfrutar de una fiesta con elementos mínimos, para pasar al 2/13, donde claramente se manifestó el desenfreno del Nueva York de los 80', con ese aire bohemio del Broadway Boogie-Woogie de Mondrian -salvando el anacronismo-, que hacía despertar los deseos más primarios. Todo ello, con un control absoluto del tempo, las dinámicas, frescas y revisitables eternamente, con un aire burlón y desenfadado.
 
Antes de entrar con el alma pasional, Ólafsson introdujo una pieza fuera de programa, el estudio 18, que nos invitaba a recluirnos en la silla y sacar toda la tensión del día a través del sonido de la barcarola, de aquellos momentos de bálsamo en el que la música nos repara y nos produce un placer íntimo que sin embargo queremos compartir. La canción de cuna conducía al alma pasional, llena de tristeza y melancolía, con una pieza que pesaba en nuestras mentes mientras Olafsson levitaba con gestos suaves y tiernos, armoniosos y minuciosamente estudiados pero a la vez de una autenticidad aterradora.
 
Desde que Ólafsson se sentó al piano hasta que abandonó el escenario que la elegancia se manifestó en forma de música y gesto, entre palabras escogidas que dieron juego a un recital que, en teoría, era de música minimalista, según la historiografía, pero que resultó ser un alud de emociones y matices conducidos por una inteligencia emocional excepcional que se convertirá en el paradigma del artista postmoderno, humilde, trabajador, abierto de miras, pero con el toque de gracia que lo hace genial.


Fotos: Víkingur Ólafsson, Broadway Boogie-Woogie de Mondrian.

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