Conciertos

Hamlet en el Liceu: ser o no ser

Domingo 10 Marzo 2019

Este mes de marzo, el Gran Teatre del Liceu nos ha obsequiado con dos grandes óperas, Rodelinda, de Händel, y Hamlet, de Ambroise Thomas, que se estrenó el día 7 y se vuelve a hacer en versión concierto el día 10. El público liceísta ha podido disfrutar de la presencia de Diana Damrau y Carlos Álvarez.
 

SER: Es un hecho que no deja de sorprender el olvido durante el siglo XX de la llamada grand opéra, una nomenclatura que tanto hacía referencia a las gigantescas proporciones de las obras como el gran teatro parisino donde se representaban, primero en el edificio de la rue Le Peletier y posteriormente al actual Palais Garnier. Ya entrado el nuevo siglo XXI, las ansias por el redescubrimiento de obras puntales del repertorio de épocas pasadas nos ha permitido apreciar la trascendencia de autores como Auber, Meyerbeer, Halévy... y también Ambroise Thomas, quien estrenó su Hamlet, con un libreto no muy inspirado del tándem Carré-Barbier, en 1868.
 
La ópera fue un gran éxito y se representó bastante interrumpidamente durante las siguientes décadas del siglo XIX. La partitura fue contemporánea de los trabajos de Gounod, como La reine de Saba (1862) y más adelante la reconversión en grand opéra de su famoso Fausto (1869), sin olvidar la póstuma L'Africaine de Meyerbeer (1865) o el Don Carlos de Verdi (1867). Thomas, a partir de la historia de Shakespeare, incide de nuevo en las temáticas fantasmagóricas que tanto atraía a la estética romántica y que ya en el campo de la grand opéra había dado obras tan sorprendentes como Robert le diable de Meyerbeer (1831) o la Nonne sanglante de Gounod (1854), de las que la ópera de Thomas es bastante deudora. Quizás los momentos más logrados de la larga partitura convierten precisamente aquellos en que el paterno fantasma se aparece al príncipe de Dinamarca, con una orquestación siempre sorprendente que sólo podía asumir el entonces primer teatro del mundo y hacia donde se dirigían todos los anhelos de los principales compositores operísticos del momento.
 
También en el Liceu fue la ópera de Thomas una de las más representadas de su dilatada historia, con un centenar de funciones y siempre en su traducción italiana. Las últimas representaciones, ya francés, tuvieron lugar en 2003 con la añorada Nathalie Dessay, quien literalmente llevó el público al delirio absoluto. Hamlet ha vuelto estos días en el escenario de la Rambla en dos únicas funciones, desgraciadamente en versión de concierto, con el protagonismo de Carlos Álvarez y Diana Damrau, bajo la dirección de Daniel Oren.
 
El maestro Oren es un director que irradia una expresividad y emotividad que contagia toda la orquesta, algo de agradecer en una obra tan extensa pero donde el discurso fue fluido. Su inquieta batuta consiguió extraer una gran variedad de dinámicas orquestales, ya desde la sorprendente y terrorífica obertura. Quizás en algunos momentos faltó un mayor lirismo, pero en general fue una lectura muy convincente con una orquesta de sonoridad aceptable, a pesar de los titubeos de algunos solistas, especialmente en la sección de metal. También el coro, debidamente aumentado con prestaciones externas, tuvo una sonoridad bastante compacta, pero con las ya típicas estridencias sopranils. Felicidades una vez más el trabajo incesante de Conxita Garcia.
 
Ciertamente es Carlos Álvarez una voz imponente, como pocas veces podemos escuchar en otros barítonos mucho más mediáticos. Quizás valoramos más sus prestaciones verdianas que las del repertorio francés, de estilo poco idiomático. El artista destacó en sus momentos más comprometidos como el brindis del acto segundo "Ô vino, disipe la tristesse" o el famoso monólogo, aquí "Être huevo su paso être", al acto tercero. Pero parece que el extraordinario cantante hizo sufrir durante toda la interpretación de algunos agudos rotos que se sucedieron con demasiada frecuencia. Tuvimos la sensación de que no se encontraba en plenas facultades, a pesar nada informara por megafonía. No sabemos si fue un problema de flemas, alguna alergia o resfriado.
 
Fue también imponentes las voces de Eve-Maud Hubeux como reina Gertrude y Celso Albelo como Laërte. La primera ya nos había dejado un grato recuerdo en su interpretación de La favorite la anterior temporada: voz carnosa, estilo impecable y un gran sentido dramático. Brava!. En cuanto a Celso Albelo, lo valoramos mucho más en el repertorio italiano (extraordinario Arturo de I puritani con que se inició la actual temporada), pero sus acercamientos al repertorio francés, a pesar de disponer de unos medios excelentes, sufren de ciertas brusquedades que debería conseguir limar.
 
Es de agradecer que el Liceu haya pensado en cantantes del país para las partes secundarias de estos funciones. De la larga lista de nombres nos gustaría destacar la pareja de enterrador formada por Carlos Daza y José Fadó en su corta pero detallista interpretación.
 
NO SER: Diana Damrau ya no es una voz adecuada para la cristalina parte de Ophélie. Su tesitura ya no tiene los espectaculares agudos y coloraturas que nos sorprendieron especialmente en óperas de Mozart (recordemos su excelente Konstanze al mismo Liceo). La voz se ha vuelto más pesada y oscurecida, aspectos que juegan totalmente en contra para componer un personaje impresionante. Destaca aún en los momentos más elegíacos de la partitura, pero su esperada escena del acto cuarto fue decepcionante, con unos agudos cercanos al grito y en algunos casos rotos. Haría bien la soprano olvidar este repertorio para dedicarse a partes con tesituras más centrales, donde todavía aporta una gran expresividad y emotividad.
 
Tampoco es su marido, Nicolas Testé, que lamentablemente la soprano impone y otra vez a su lado, el bajo que requiere la parte del malvado Claudius y que en poco se diferenciaba de la poderosa voz baritonal de Carlos Álvarez cuando cantaban juntos. Su expresión plana tampoco favorece una voz que en otras circunstancias hubiera permanecido desconocida por el gran público. Del mismo modo nos pareció poco destacable el espectro de Ivo Stanchev.
 
La cuestión es que estas nuevas funciones de Hamlet, con voces entre solventes e inadecuadas, desgraciadamente no han podido hacer sombra al recuerdo de las irrepetibles últimas representaciones en el teatro, lo que nos lleva a preguntarnos la idoneidad de su reprogramación, sin haber contado con unas voces excepcionales.
 


Fotos: Diana Damrau, Carlos Álvarez

Últimas noticias