Conciertos

Primavera con aires orientales en el Palau

Domingo 24 Marzo 2019

Con la llegada de la primavera, la temporada de Palau 100 nos ha llevado un concierto que incluía la pieza insignia de esta estación: la fabulosa Consagración de la primavera, de Igor Stravinski, interpretada por la Orquestra Simfònica del Gran Teatre del Liceu. El programa quedaba completado con una pieza contemporánea de Josep Maria Guix, y con la Shéhérezade de Maurice Ravel, en una interpretación inolvidable de la soprano rumana Anita Hartig.

La confección del programa estaba hecha con mucho cuidado. En la primera parte había dos piezas de claros ecos orientales, y en la segunda, el paganismo ancestral de Stravinski. La primera parte, el refinamiento y la dulzura de las formas; en la segunda, la aspereza y el primitivismo de las fuerzas de la naturaleza. Todo ello, para celebrar el reinicio del ciclo de la vida con la llegada de la primavera.
 
Imatges d’un món efímer es el título de la pieza de Josep Maria Guix que abrió el concierto. Se trata de una obra compuesta en 2011 por encargo de la Jove Orquestra Nacional de Catalunya, inspirada en las imágenes poéticas de ocho haikus que hablan de la lluvia, el viento y la niebla. Ciertamente, la música de Guix es ligera, etérea y volátil, una traducción sonora perfecta del título.
 
Shéhérezade, no de Rimsky, sino de Ravel, es un conjunto de tres poemas de Tristan Klingsor que pudimos escuchar en la maravillosa interpretación de Anita Hartig. Estrenada en 1899, es una obra con una rica orquestación, de aire misterioso, que Josep Pons dirigió con la pericia necesaria para que se escucharan todos los instrumentos de manera distinguida. Pero la estrella de esta pieza fue Hartig, una soprano que ya habíamos visto en el Liceu en la última producción de La traviata. Es una cantante de voz clara y preciosa, de timbre lírico, con un registro homogéneo en los agudos y en los graves. Un fraseo excelente y una dicción perfecta del francés, sumado a una gran expresividad, hicieron de Hartig la protagonista absoluta de la pieza, poniendo color, más allá del vestido verde que llevaba.
 
En la segunda parte nos alejábamos de la música dulce y refinada para adentrarnos en la exploración de la fuerza telúrica de la naturaleza que hace Stravinsky en La consagración de la primavera. Es una pieza que transmite la visión salvaje, indómita y salvaje de la naturaleza, sin concesiones a la belleza. Estrenada en 1913, Stravinsky despliega una orquesta de grandes dimensiones, en el que es importante apreciar el sonido de cada instrumento, ya que tienen un papel propio, como en una pintura las líneas que definen el contorno de cada una de las figuras.
 
Desgraciadamente, Josep Pons no supo conseguir el efecto del conjunto a partir de la suma de las partes individualizadas. La sección de viento madera sobresalió de manera excesiva, y no siempre con buen sonido. La cuerda hizo una buena ejecución, así como el viento metal, pero no fue suficiente para contrarrestar una falta de estrategia formal por parte de Pons. A pesar de tratarse de un estallido de sonido, La consagración de la primavera es una obra con unos ritmos muy marcados que no se pueden abandonar en ningún momento.
 
Hay que decir que la Orquestra Simfònica del Gran Teatre del Liceu estos días está interpretando Rodelinda, de Händel, en el teatro de la Rambla, también bajo la batuta de Josep Pons. Esta divergencia abismal de registros puede hacer comprensible una interpretación no suficientemente exitosa de la gran obra de Stravinsky.


Fotos: Anna Hartig, Josep Pons
 

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