Conciertos

Un barroco históricamente informado

Sábado 13 Abril 2019

El viernes 5 de abril tuvo lugar en el Jardí dels Tarongers el primero de los conciertos que construirán el Festival propuesto por el Consell Català de la Música, que tendrá lugar entre los meses de abril y septiembre y que se presenta en el marco del quinto aniversario los ciclos musicales en este mismo espacio.

Sentarse en un espacio como el comedor de la Casa Bartolomé es transportarse a un lugar donde se detiene el tiempo. En medio de un locus amoenus barcelonés, el público que asiste se encuentra sumergido en un ambiente exclusivo, que es a la vez una sala de estar de una casa de ambiente intimista y acogedor. En este escenario tan bucólico, Anna Urpina al violín y Eva del Campo al clavicémbalo interpretaron obras de cuatro compositores diferentes del siglo XVII y XVIII. Si interpretar barroco con instrumentos históricos es siempre delicado, el hecho de tocar en un escenario tan pequeño, donde el público puede captar sin perder ningún detalle todas las articulaciones del clave, la velocidad de arco o la afinación de los pasajes más rápidos del violín , debía ser realmente una presión por el dúo.

Así, tras una introducción del presidente del Consell Català de la Música, Josep Maria Busquets, este Festival dio comienzo con la Sonata núm. 1 para violín y bajo continuo en Re menor, «Anunciación» de Biber. Las dos intérpretes hicieron unas explicaciones previas a todas las obras con el fin de situar los oyentes en un contexto determinado. En el caso de la primera pieza, apuntaron que el compositor había escrito 15 sonatas para violín y bajo continuo siguiendo motivos bíblicos e invitaron a los asistentes a asociar las notas rápidas al movimiento ágil de las alas del ángel y aquellas más pausadas , a las contestaciones reflexivas de la virgen.

A pesar de algún desajuste en la afinación sobre todo en el inicio del concierto - especialmente en el caso de las dobles cuerdas y los acuerdos del violín - y algún pasaje más bien rápido pasado un poco por encima, hay que destacar la voluntad clara de contar una historia, de hacer extensible la música y de un importante conocimiento teórico y de estudio musicológico detrás. Con mejor proyección en los graves que en los agudos, que quizás se percibían algo puntiagudos, también hubo fragmentos muy convencidos y determinados, con una presencia que permitía dar una voz protagonista a la música per se.

Con una retórica más dulce y amable, la segunda obra que sonó fue la Sonata para violín y bajo continuo en Fa mayor, HWV 370 de Haendel. A pesar de algunos pianos poco dirigidos al inicio, hay que subrayar que hubo momentos muy expresivos y realmente sentidos. En el segundo movimiento, el clave tomó más protagonismo y pudimos disfrutar de una interpretación con personalidad y carácter. Hay que decir que al final del segundo movimiento, donde el compositor teje un juego de dinámicas y acentos, las dos intérpretes aprovecharon para resaltar, de manera muy acertada, estos recursos. Con más dramatismo, tocaron el tercer movimiento: con peso, más tierra, aprovecharon las bordaduras y los trinos para acentuar la diferencia de este Largo con los otros movimientos. En el cuarto, ya más cómodos con el escenario y el ambiente, dejaron más espacio a la expresividad: con unas corcheas voladizas y una sensación más lúdica y de disfrute que en movimientos anteriores, acabaron la sonata con una pequeña parada para respirar conjuntamente, una mirada de complicidad y una sonrisa final.

A continuación interpretaron la obra de una compositora, Elisabeth Jacquet de la Guerre, que, apuntaron, «hizo carrera profesional como mujer, un hecho muy excepcional en la época». Así, de pequeña ya despuntaba y es por eso que sus familiares la presentaron en la corte del Rey Sol, donde se quedó y pudo estudiar música y tocar el clave. Del Campo subrayó que tiene un catálogo muy extenso y merecedor de ser reivindicado y que, por este motivo, le querían dedicar un espacio en la programación del concierto de aquella velada.

Así, tocaron su Sonata núm. 2 para violín y bajo continuo en Re mayor, donde se establece un diálogo muy interesante entre violín y clave, que no actúa, por tanto, sólo como acompañamiento. Los desajustes en la afinación se volvieron a hacer presentes, pero hay que apuntar que supieron encontrar el punto de expresividad necesario en el aprovechamiento de los recursos dinámicos, de tempo y de acentos, no sólo en esta obra, sino en un general a todas las que conformaron el concierto.

Finalmente, y antes de interpretar la última obra de la tarde, Urpina explicó que estaban tocando con instrumentos históricos y recordó las diferencias con los instrumentos contemporáneos: en el caso del violín barroco, estaba usando cuerdas de tripa por las dos más agudas y un arco más corto y con la curva inversa. Por lo que hace referencia al clave, no era ni italiano ni francés, sino que era flamenco, con unos agudos más percutidos (como en el caso de los italianos) y unos graves más redondos (como los franceses). Aclaró que, una de las muchas diferencias con el piano era que no tenía pedales y que las resonancias se hacían con la articulación de los dedos. Del Campo continuó la explicación haciendo un paralelismo con el jazz: aunque en el barroco no hay tensiones armónicas, sí hay una parte de improvisación. Así, por el bajo continuo, los compositores escribían unos números debajo de la melodía y, a partir de aquí, el músico tenía la libertad de interpretarlos como creía conveniente. Con toda una mochila de contexto, por tanto, las intérpretes encararon la Sonata núm. 7 para violín y bajo continuo de Corelli.

Con algunos fragmentos de gran virtuosismo y otros donde el violín, actuando como pedal, dejaba protagonismo al clave (a destacar los diferentes registros que pudimos escuchar: desde una tímbrica más resonada a otra más amortiguada). Fue realmente una demostración final de las capacidades de interpretación de las dos músicos, que fueron claramente aplaudidas por un público agradecido. De hecho, Urpina y del Campo preguntaron a la misma sala que querrían oír por segunda vez, como bis, y todos estuvieron de acuerdo en repetir un fragmento de Corelli. El primer concierto del «Festival Jardí dels Tarongers", así pues, terminó con una audiencia satisfecha y la sensación de haber entendido un poco más los criterios utilizados para interpretar barroco: fue propiamente, una interpretación históricamente informada.

Foto: Anna Urpina, Eva del Campo

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