Conciertos

“Semele” en el Palau de la Música: Endless pleasure

Viernes 26 Abril 2019

Semele se estrenó en 1744 en el Covent Garden de Londres. Las óperas de Händel habían perdido la estimación del público y el compositor inició con el oratorio un camino hacia la reinvención. Las nuevas obras utilizaron la fuente inacabable de historias que es la Biblia, pero también con algunos argumentos moralizantes de la mitología clásica, donde esta Semele y también Hercules serían los ejemplos principales. A pesar del cambio formal, el sentido dramático característico del compositor no se silenció bajo las grandes escenas corales y las místicas historias. Todo lo contrario, Händel consiguió una síntesis entre ópera y oratorio realmente sorprendente. Esto ha llevado a que, en los últimos años, la mayoría de teatros operísticos hayan agrandado su repertorio con la escenificación de estas obras de madurez del compositor; desgraciadamente, aún silenciadas en el Liceu.

Teniendo en cuenta esta premisa, fue un acierto la presentación de la obra (estreno en Barcelona?) En una versión semiescenificada de Thomas Guthrie, simpática y amena que con pocos detalles de atrezzo (un diván y poco más) y un estudiado movimiento de coro y solistas, así como un climático uso de la iluminación (obra de Rick Fisher), proporcionó la teatralidad tan necesaria para esta ópera bajo la máscara de oratorio.
 
Pero nos gustaría mencionar en primer lugar del gran triunfador de la noche del miércoles en el Palau de la Música: el coro Monteverdi. A pesar de ser Cataluña, y Barcelona en especial, tierra de numerosas e innumerables agrupaciones corales, no estamos acostumbrados a escuchar milagros como el del miércoles. La pulcritud de la emisión, la dicción perfecta, la gradación infinita desde el susurro hasta el estallido gozoso... pero por encima de todo la más excelente afinación que nunca hayamos escuchado a ningún coro. El público, maravillado por el milagro, premió a la agrupación (de voces bastante jóvenes, hay que remarcar...) con la ovación más importante de la noche, por encima del resto de efectivos. Deseamos volver a escuchar muy pronto, en las grandes obras del repertorio sinfonicocoral. Es una pena que este año se haya olvidado completamente en Barcelona el cumpleaños Berlioz, de quien el coro Monteverdi es uno de los mejores intérpretes. Habrá conformarse con la anunciada (y repetidísimas) "Novena" de la próxima temporada. Demasiado poco para tan gran coro...
 
Pero el coro Monteverdi no sería nada sin Sir John Eliot Gardiner, su fundador en el ya lejano 1964. La belleza de su dirección, con mil y un detalles, pausada, melódica, sin las estridencias gratuitas y las brusquedades de otras batutas barrocas, con una idea global de la obra, donde nunca se perdió el pulso dramático, dio como resultado una versión soñadora al tiempo que conmovedora de la gran partitura händeliana. Bravo!
 
Afortunadamente, el grupo de solistas fue bastante compacto, todos ellos con un gran dominio del estilo belcantista barroco. Empezando por la voz fresca y seductora (aunque limitada) de la soprano Louise Alder, dando vida a la protagonista. Nos conmovió especialmente en su famosa aria, "Oh sleep, why dost thou leave me?", uno de los hits händelianos, con una gran acompañamiento del violonchelo de Marco Frezzato y el arpa de Gwyneth Wentink. También sobrecogedora fue su intervención final, de gran patetismo, con una ya moribunda Semele.
 
Extraordinaria es la voz profunda y rotunda del bajo Gianluca Buratto, Cadmus/ Sommus, con una interpretación inolvidable de la somnífera y complicada a de este último, la bellísima "Leave me, loathsome light!". Muy destacada fue también la voz del contratenor Carlo Vistoli, con una tesitura acontraltada de sonoridades sedosas y agradables, y un canto de una sorprendente facilidad, sin los amaneramientos los que son tan dados algunos de sus compañeros de cuerda. Podremos volver a recuperar su voz en Agrippina, el próximo mes en el Liceu.
 
Es una sorpresa también poder escuchar a veces contraltos reales, una tesitura que parece estar en peligro de extinción. Lucile Richardot lo es e hizo un retrato convincente tanto de Ino (la hermana de Semele) como de la diosa Juno. Fue un acierto que la contralto asumiera los dos personajes, ya que en la misma obra está presente este equívoco, al transformarse la misma Juno en Ino. Aunque Richardot es un ejemplo de animal escénico, con una visión de la gran diosa totalmente neurótica e incluso temible (aspectos que también están presentes en los pentagramas de la partitura), tal vez abusó de algunos recursos dramáticos que afean demasiada frecuencia su canto, con un exceso de histrionismo.
 
Quizás el solista que más desentona del excelente grupo fue el Júpiter del jovencísimo tenor Hugo Hymas, visiblemente demasiado joven para dar vida al padre de todos los dioses; una especie de Ganimedes a quien incluso el vestuario quedaba demasiado grande. Nadie puede dudar del estilo depurado del cantante, con unas medias voces bastante agradables. Pero desgraciadamente tiene el handicap de un exceso de vibrato que afea su tesitura, especialmente en los fragmentos con más presencia de la coloratura, llegando algunas sonoridades caprinas desagradables en una música tan seductora como la que Händel escribió para Júpiter.
 
Uno tiene la sensación de que la Barcelona clásica cada vez es más händeliana, con ejemplos bien destacables durante los últimos meses. La siguiente cita, como ya decíamos antes, será el próximo 18 de mayo en el Gran Teatre del Liceu; una Agrippina con un reparto de ensueño, aunque desgraciadamente en versión de concierto.

Fotos: Sir John Eliot Gardiner
 

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