Conciertos

Molt soroll per no res

Martes 14 Mayo 2019

Una de las etapas más fascinantes de la larga trayectoria de J.S.Bach fue la fructífera estancia final en Leipzig entre 1723 y 1750, año de la muerte del compositor. Dejando de lado la inmensa producción sacra para la iglesia de Santo Tomás, el compositor también atender la gran demanda de música instrumental profana para el Collegium Musicum, una asociación musical estudiantil que amenizaba las veladas de diferentes espacios de la ciudad, con especial predilección por la cafetería Zimmermann. Durante esta época fue remarcable la gran afición que se despertó en Bach para con la música italiana, con un estudio minucioso de todo lo que llegaba de ese país e incorporando los rasgos más significativos a su propia producción. De aquellos años son ejemplos las seis partitas, los conciertos para clave (algunos de ellos simples adaptaciones de obras italianas o de partituras anteriores del mismo compositor) y el conocidísimo Concierto italiano, quizás el ejemplo paradigmático de esta admiración de Bach por Italia, país que desgraciadamente nunca visitó. La mayoría de originales autógrafos de estas obras se pueden admirar en la impresionante Staatsbibliothek de Berlín (afortunadamente también online).

Una selección de los conciertos para teclado, en su versión pianística, es el que se presentó el pasado domingo en el Palau de la Música, en un concierto protagonizado por la Orquesta Sinfónica Camera Musicae bajo la dirección de Jordi Mora y la intervención de hasta a seis pianistas diferentes.
 
Es de agradecer la programación de obras que salgan del repertorio más trillado. Nos sorprendió la apertura de la velada con el tercer Concierto de Brandenburgo, obra conocidísima pero bastante desconectada con el resto del programa, ya que es bastante anterior. Pero su audición ya fue toda una declaración de intenciones de cómo se desarrollaría el resto del concierto: sonoridades pesados, falta de articulación y unos tempos soporíferos. En definitiva, unas sonoridades que ya pensábamos olvidadas en la interpretación de la música barroca en la actualidad y que nos hicieron recordar aquellas pioneras grabaciones de mediados del siglo pasado.
 
El alemán Sebastian Kanu fue el solista del primer concierto, en Re menor (BWV 1052). Su visión de los pentagramas Bachiana partía más del hechizo sonoro que no de una rítmica elaborada, acentuada y articulada. Una versión válida, pero en la que vimos añorar un mayor nervio, quizá también lastrada por la poco imaginativa batuta de Jordi Mora. En cambio, totalmente sorprendente fue la gran interpretación que Alba Ventura hizo el concierto en Fa menor (BWV 1056), tal vez el más conocido de la serie. Fraseo transparente, belleza sonora y marcado sentido del ritmo. El momento más destacado del extenso programa sin duda fue el etéreo adagio, que en las manos de Ventura se convirtió en una auténtica filigrana mágica, expresiva y fluida.
 
Después del descanso, llegó el turno del concierto para dos clavecines, o en este caso, pianos. De los tres conciertos que Bach dedicó a la duplicidad de teclados, desgraciadamente se eligió para la velada el que menos posibilidades expresivas podía ofrecer a los intérpretes, en Do menor (BWV 1060), olvidando obras mucho más acabadas en el diálogo de los dos instrumentos como son sus hermanos BWV 1062 (en Do menor) y especialmente el BWV 1061, en un luminoso Do mayor y el único pensado exclusivamente para teclado, ya que los otros son simples adaptaciones de obras anteriores del mismo compositor. La interpretación de Albert Guinovart y Marc Heredia no trascendió de la corrección en una lectura poco contrastada y en exceso brumosa. Una vez más el ruidoso acompañamiento orquestal tampoco favoreció la interpretación.
 
De los dos conciertos para tres clavecines que Bach compuso, también adaptando obras propias anteriores, se eligió el BWV en Re menor con el protagonismo de Marc Heredia acompañado de las partes más discretas de Marta Puig y Katia Michel. La bellísima siciliana central se convirtió en un aburridísimo fragmento en las manos de una batuta nada imaginativa y de unos pianos poco cristalinos y demasiado nublados.
 
Y finalmente llegó el momento de ver cuatro pianos reunidos en el escenario del Palau, con gran expectación por parte del público, impaciente por prometido momento final de circo pianístico, y no dudando en inmortalizar la imagen con unos móviles que aparecieron de golpe por toda la sala. El concierto para cuatro clavecinos en La menor BWV 1065 no es más que una transposición que Bach hizo del concierto para cuatro violines RV 580 de Vivaldi; por tanto, una obra poco destacada a pesar de la complejidad de su presentación. Los cuatro pianistas que cerraron el concierto fueron Sebastian Knauer, Albert Ginovart, Marta Puig y Katia Michel.

Fotos: 4 pianos OCM

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