Conciertos

Agrippina al pomodoro

Miércoles 22 Mayo 2019

Siempre hemos pensado en Händel como en un hombre de mundo que, como la gran mayoría de grandes compositores operísticos (la lista sería larguísima ...), se sintió fascinado por los encantos musicales de Italia, país donde conformó el estilo que entusiasmó las audiencias londinenses. También siempre hemos tenido la sospecha de que aquel gran país, famoso por sus exquisitas tablas, despertó una pasión muy poco comentada del gran compositor del Barroco: la buena comida. Viendo los retratos de Händel que han llegado hasta nuestros días, con su apariencia de buen vivant, no podemos dejar de establecer una conexión con la también robusta y gran figura de Rossini (de quien hay que recordar existe una deliciosa variedad de canelones). Las anécdotas händeliana que fundamenten esta idea son escasas y de fuentes secundarias. Quizás la más repetida es la que hace referencia al cocinero melómano del compositor. Explica el inquieto Charles Burney en "An Account of the Musical Performances" (1785) que, preguntado el gran maestro sobre las dotes compositivas del joven Gluck, este respondió: "Sabe menos contrapunto que mi cocinero". Hay que decir que preparaba las viandas del voraz paladar de Handel no era otro que Gustavus Waltz, una gran bajo que cantó en algunas de las producciones del maestro, además de tener una sólida formación musical. En vez hemos encontrado la descripción de sus aptitudes culinarias, pero mucho nos imaginamos que deberían ser importantes para alimentar el gran sajón.
 
 

Agrippina fue la última ópera de Händel en Italia, antes de dar el gran salto a Inglaterra. El libreto, obra del cardenal (!) Vincezo Grimani, es quizás el mejor texto de todos los que el compositor músico durante su larga trayectoria. Una furibunda crítica a las cloacas del poder y la depravación moral de las personas, ya fuera en la época del emperador Claudio, en la Roma papal que el mismo músico conoció en su estancia italiana o la vergonzosa actualidad en la que vivimos (no nos tiren de la lengua ...). Es por tanto una temática que lamentablemente siempre será moderna. A pesar de un libreto tan incisivo y teatral, el gran Händel aún estaba por llegar: la partitura tiene algunas arias de gran belleza, especialmente los lamentos de la protagonista o también de Ottone, pero distan mucho de las grandes composiciones londinenses.
 
El Gran Teatre del Liceu presentó el pasado sábado 18 de mayo una versión de concierto. No somos muy partidarios de estas versiones: por muy criticada que sea una puesta en escena, creemos que una obra tan teatral como ésta pide a gritos puertas que se abran y se cierren, correderas arriba y abajo, además de sensualidad y picardía escénica continua. Eliminando la escena, la obra pierde gran parte de su encanto, quedando como una larguísima partitura con unos recitativos que se hacen eternos. Y más cuando todavía tenemos fresco el recuerdo de la gran producción de David McVicar hace unas temporadas en el mismo teatro.
 
Una vez más los tres actos originales de la partitura se repartieron en dos larguísimas partes de casi 90 minutos, volviendo a obligar a la música a unas proporciones wagnerianas que no tiene. No acabamos de comprender el poco respeto a los límites de la música barroca. Hay que añadir también que la partitura se dio fuertemente recortada, especialmente algunos da capo (sorprendentemente aquellos momentos de más fantasía interpretativa) y varias arias, añorando especialmente la breve salida de Claudio al acto primero ("Allegrezza, allegrezza") y de otros que con toda su trompetería o la inclusión de pequeños detalles de percusión hubieran dado una mayor variedad sonora a la larga velada.
 
La presentación se enmarca dentro de la gira que de la ópera está haciendo la orquesta Il Pomo d'Oro bajo su joven director, Maxim Emelyanychev, y con el reclamo de las estrellas de Joyce DiDonato y Franco Fagioli, en vistas de una futura grabación. El resultado orquestal nos pareció suficiente pero poco destacado, con algunas entradas inseguras especialmente en la sección de los vientos. Nos entretuvo el histerismo con que Emelyanychev dirigía su competente orquesta; explican que al mismo concierto en el Real de Madrid hace unos días, el clavicémbalo no soportando el maltrato infligido y una cuerda acabó revelándose sonoramente. Si hacíamos el ejercicio de cerrar los ojos, no encontrábamos nada destacable en la dirección, más allá de la simple corrección. Y más teniendo en cuenta las grandes batutas barrocas que nos han visitado estos últimos meses. El continuo nos pareció de una sencillez espartana, cuando precisamente en esta obra debe ser todo variedad y sorpresa. 
 
Joyce DiDonato cantó una muy buena Agrippina, quizá un punto histriónica y poco malévola. La voz aún conserva la belleza que tantas veces nos ha maravillado al mismo Liceo, pero se resiente en los graves (con un cambio de color importante) y unos agudos que empiezan a perder el brillo de antes. A su lado fue un lujo disponer de la extraordinaria voz de Franco Fagioli, una voz extraña de mezzosoprano en un cuerpo de hombre (volviendo a cerrar los ojos no hubiéramos notado la diferencia) y que deja a todos sus compañeros de tesitura (contratenores) un escalón por debajo. Línea vocal exquisita, agilidades impecablemente realizadas y un color de voz extremadamente hermoso en una parte no excesivamente lucida, la de Nerón. Deseamos su vuelta a la ciudad (no se pierdan el concierto del próximo año en el Auditori, puede ser de traca!).
 
Fue una suerte poder contar con dos grandes contratenores más (qué época nuestra de grandes contratenores y tenores discretos): Xavier Sabata y Carlo Vistoli. Muy diferentes en color de voz uno y otro, más velada la del Ottone de Zapata, más brillante la del Narciso de Vistoli, introspectivo el primero, pulcro el segundo ... pero con dos grandes interpretaciones. Conmovedor, como ya decíamos, el lamento de Ottone "Voi che UDITE" en la voz de Zapata.
 
Elsa Benoit destacó como Poppea. En su primera aria nos sorprendió con una coloratura cercana a la risa. Pero quizás su interpretación le faltó un punto de mayor sensualidad y picardía en la que será la futura emperatriz, siguiendo el testimonio de su suegra Agrippina.
 
Decepcionante el Claudio de Luca Pisaroni. Seguimos sin comprender su intención de asumir partes de bajo cuando su voz no va más allá de la de barítono. Sorprendentemente mucho más robusta y adecuada fue la interpretación del bajo (este sí ...) Andrea Mastroni en el menos comprometido papel de Pallante. Completó el reparto Biagio Pizzu en la breve parte de Lesbo.
 
En resumen, un plato bien cocinado que hizo las delicias de los amantes del Barroco pero donde faltó una especiado más generoso que mantuviera la atención de los gourmets, en una partitura tan extensa y en muchos momentos monótona fruto del joven talento de Händel.

Fotos: Agripina, Gran teatre del Liceu.

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