Conciertos

El pianista infatigable

Miércoles 12 Junio 2019

Joaquín Achúcarro es uno de los grandes del piano hispánico. La temporada de BCN Clàssics en el Palau de la Música Catalana nos ha brindado la oportunidad de escucharlo, a los 86 años, aún en forma, con un programa de una dificultad extraordinaria, tal como el mismo intérprete especificó. Los compositores elegidos fueron Chopin, Debussy y Ravel, y Achúcarro hizo un tour de force de lo más meritorio.

El pianista vasco salió con mucha energía y arrancó la primera parte, dedicada íntegramente a Chopin, con el Preludio núm. 25, op. 45. Después vendrían la Fantasía-impromptu, op. póstumo, dos nocturnos -incluyendo al famoso núm. 20-, la Barcarola op. 60, para acabar con la Polaca núm. 6, "Heroica". Sólo de pensarlo ya vienen escalofríos.
 
Achúcarro, sin duda, tiene una buena técnica -imprescindible para abordar este programa-, pero a su Chopin faltó pasión, vida, sueño. En sus interpretaciones, más que correctas, se echó en falta el efecto nube de las notas medio difuminadas, tan característico del compositor polaco. En las frases que Achúcarro ejecutaba, las notas eran demasiado pesadas ​​y no podían volar y hacerse etéreas. Su sonido fue imponente, pero excesivo para Chopin. Parecía como si quisiera coger la música bien fuerte para no soltarla. En el Chopin final, la famosa Polaca heroica, sí quedó justificada la fuerza de Achúcarro, con lo infundió de manera indudable el carácter heroico de la pieza.
 
La segunda parte del concierto fue muy diferente. El repertorio hacía un giro radical del romanticismo de Chopin al impresionismo francés. Joaquín Achúcarro también dio un giro. Apareció en el escenario con un micrófono y explicó algunas cosas sobre las piezas de Debussy y de Ravel que debía tocar. Hizo notar su madera de profesor. Lo cierto es que su estilo para Debussy fue más satisfactorio que en Chopin. Tocó cuatro preludios del segundo libro con delicadeza y sobriedad, sin artificios. A diferencia de Chopin, las notas danzaban con libertad, sin apremio, sólo aplicando la fuerza cuando los pasajes lo requerían.
 
El último compositor era Ravel. Achúcarro aclaró que Gaspard de la nuit era la pieza más difícil para piano hasta entonces, porque este era el propósito de Ravel cuando la compuso. Obra, por cierto, que estrenó el pianista catalán Ricard Viñes en 1909. Estructurada en tres movimientos -correspondientes a tres poemas de Aloysius Bertrand-, Achúcarro sobresalió en el primero y el tercero, creando una espiral onírica fabulosa. El segundo movimiento, en cambio, quedó un poco demasiado plano.
 
Es innegable el talento, la técnica y la vitalidad de Joaquín Achúcarro, para continuar a los 86 años su intensa actividad profesional, para abordar un programa de esta envergadura, y porque al terminar todavía ofreció tres propinas también difíciles. Bravo, maestro.

Fotos: Joaquín Achúcarro

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