opera

Nel mezzo del cammin

Martes 16 Julio 2019

Cuando Verdi estrenó en 1849 en Nápoles su ‘Luisa Miller’ contaba entonces 36 años y cerraba entonces (junto con el Stiffelio del año siguiente) lo que él mismo calificó como anni di galera. El compositor había producido durante esta primera época un gran número de obras para la escena, a un ritmo frenético y donde poco a poco fue descubriendo su estilo personal. "Después de Nabucco no he tenido ni una hora de tranquilidad. Dieciséis años de galera" se lamentaba el propio Verdi en una carta dirigida a la condesa Maffei (12 de mayo de 1858). Por lo tanto, un artista en medio del camino hacia la eternidad.

Con Luisa Miller nos encontramos con una obra irregular pero donde ya se vislumbran algunos de los puntos de la maestría verdiano. Empezando por la extraordinaria apertura sobre un único motivo musical repetido de manera obsesiva y que se reanudará en el trágico tercer acto; una especie prueba de lo que sería La forza del destino. Pero el libreto de Cammarano (sobre el original de Schiller, Kabale und Liebe) tiene demasiados puntos mal resueltos, en especial las intervenciones del coro, incluidas con calzador, en un argumento cruento hasta la extenuación. Sin embargo, Verdi se sintió atraído por el protagonismo de la figura paterna de la historia, una temática omnipresente en su producción y que aquí aparece incluso doblada (Miller y Walter), una peculiaridad que no encontramos en ningún otro obra del compositor.
 
Este domingo 14 de julio Luisa Miller volvió al Liceu (cuando aún tenemos presentes las representaciones de 2008). La orquesta sonó admirablemente pulcra en la cambiante partitura verdiana, bajo la dirección siempre controlada del venezolano Domingo Hindoyan (debut en el teatro). Pero de su batuta añoraremos en diversos momentos más fantasía, sorpresa, en definitiva, aquella locura que nos hiciera saltar del sillón admirados por este Verdi incipiente.
 
Gran cambio observaremos en el nutrido coro de la casa, bajo la dirección de Conxita García, con un empaste mantenido en sus diversas intervenciones y unas sonoridades más dúctiles que en los anteriores títulos. Deseamos que este sea el nivel de ahora en adelante.
 
En el apartado vocal el gran triunfador de la tarde, a pesar del título femenino, fue el tenor Piotr Beczala, que ya nos gustó a Faust (en los vergonzosos conciertos amputados de 2011), Werther o Un ballo in maschera (ambos en 2017). Pero con su Rodolfo, Beczala ha superado todo lo escuchado en el teatro: timbre brillante, buena potencia y una línea de canto mantenida de manera exquisita. El público estalló maravillado terminada su gran aria del acto segundo, "Quando le sere al placido", en una de las ovaciones más espectaculares que recordamos en los últimos tiempos del teatro. Deseamos que Beczala continúe su carrera eligiendo partes con inteligencia y paciencia, huyendo de los cantos de sirena hacia roles más dramáticos. Queremos seguir disfrutando durante tiempo de una voz así.
 
Sondra Radvanovsky es una cantante queridísima por el público liceísta, con tradición de gourmet de las grandes voces. Con unos recursos poderosísimos, las actuaciones de Radvanovsky siempre sorprenden por su implicación tanto a nivel vocal como escénico. Pero la partitura de Verdi no tiene misericordia hacia la protagonista, obligando a pasar por todo el registro sopranil en la línea de lo que luego será La traviata, desde la coloratura de su primera aparición en "Lo vidi, e’l primo palpito" hasta los momentos más dramáticos de los otros actos. Radvanovsky se mostró un poco encorsetada en la primera parte, con unas agilidades demasiado brumosas y complicadas de realización para una voz tan carnosa. Pero tanto en el acto segundo como el tercer nos maravilló su introspección y el patetismo que consiguió transmitir de la desdichada protagonista.
 
El Miller de Michael Chioldi se benefició de una voz importante pero en exceso plana, que no acabó de levantar el vuelo en esta parte tan verdiana del padre sufrido. Es una pena no haber contado en este primer reparto con Juan Jesús Rodríguez, que se podrá escuchar en el segundo cast. El trío de voces hubiera sido entonces inmejorable.
 
Tampoco el Wurm del bajo Marko Mimica hizo justicia a su demoníaca parte, con una voz bastante irregular. El extraordinario dúo de bajos del acto segundo (con el Walter de Dmitry Belosselsiy), que ya nos hace imaginar su hermano mayor a Don Carlo, desgraciadamente no pasó de la corrección.
 
Mucho más fortuna encontramos en las partes femeninas secundarias, empezando por la gran Federica de J'Nai Bridges (por fin una mezzosoprano de graves acontraltados!), Que hizo una delicia y un disfrute todas sus intervenciones. Esperamos volver a escuchar en alguna parte de más importancia. Deseo que también podríamos aplicar a nuestra conciudadana Gemma Coma-Alabert, en el pequeño personaje de Laura.
 
Felizmente, la puesta en escena de Damiano Michieletto acompañó de manera satisfactoria una interpretación tan notablemente exitosa a nivel musical. Su visión jugó constantemente con los dos mundos de la obra, el noble y el humilde, con una escenografía que en algún momento nos recordó la duplicidad de Robert Carsen para la Rusalka de la Ópera de Paris. Quizás los puntos más criticables fueron el poco trabajo del movimiento coral y posiciones extrañas para algunos cantantes que cortaban visiblemente el fluir natural de la emisión. Pero la versión de Michieletto aportó lecturas paralelas interesantes sobre el pasado de los protagonistas (magníficos los dos niños, Luisa y Rodolfo niños) como también una simetría entre los dos niveles sociales que a lo largo de la ópera se van acercando hasta confluir en el desastre final. Aplaudimos pues esta producción esperando olvidar su anterior Lucia di Lammermoor, que tan mal gusto dejó al teatro.
 
Y con estas aplaudidas funciones se cierra esta temporada, bastante irregular, en el Gran Teatre del Liceu. Pasado el verano llegará el aniversario del tercer edificio. Una celebración bastante pobre y de riesgo artístico casi nulo, teniendo en cuenta los extraordinarios espectáculos que hemos podido disfrutar a lo largo de estos 20 años de existencia. En todo caso, larga vida al Liceu!


Fotos: Luisa Miller (Sondra Radvanovsky, Piotr Beczala). Antoni Bofilll. 

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