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Un buen concierto de Ashkenazy

Sábado 23 Noviembre 2019

El pasado 16 de noviembre, el prestigioso pianista y director Vladimir Ashkenazy dirigió la OBC en un atractivo programa con una primera parte dedicada a Prokófiev, con los "Valses Pushkin" op.120, y el "Concierto para violín y orquesta núm. 2 en Sol menor ", interpretado por el violinista ruso Boris Belkin; y una segunda parte que se iniciaba con la "Pavana para una infanta difunta" de Ravel para desembocar en la famosa obra "La Mer", de Debussy.

En el cambio de siglo XIX al XX muchos compositores, para rehuir de las formas más bien convencionales que habían imperado hasta entonces en la música, buscaron la creatividad volviendo a un sonido más primitivo, inspirado en la naturaleza. El resultado de esta ruptura es el sonido vivaz y directo fácilmente reconocible en compositores como Stravinsky, pero que, en cierta medida y desarrollados en otros contextos, también podemos encontrar en la música de Prokofiev o, en formas más sutiles, en el impresionismo de Ravel y Debussy. En este marco se sitúa la propuesta que Ashkenazy dirigió por triplicado, en los conciertos de viernes, sábado y domingo.

Vladimir Ashkenazy es un músico y director de prestigio internacional, y esto podía palparse en el respeto y simpatía que, entre pieza y pieza, mostraron tanto la orquesta como el público hacia él. En mi opinión, sin embargo, este sábado en el terreno de la música tal vez le faltó algo para corroborar con rotundidad este prestigio. La primera pieza, los Valses Pushkin, fue interpretada con la musicalidad y ligereza que requieren, exprimiendo sus toques de libertad juguetona y dotando de sentimiento y delicadeza el segundo vals, el Allegro meditativo. Un Prokófiev mucho más oscuro y también un reto de otra dimensión era propuesto por el Concierto para violín y orquesta núm. 2 en Sol menor, que Boris Belkin interpretó con solvencia, con un sonido claro, y combinando acertadamente el carácter y el lirismo. El acompañamiento de la orquesta tuvo algunos momentos brillantes, como el diálogo entre el violín y los contrabajos del primer movimiento, pero no siempre supo conjuntarse con el solista, y tal vez en algunas ocasiones le faltaron contrastes.

La segunda parte arrancó con la Pavana de Ravel, pieza amable que fue interpretada con la contención necesaria y un sonido cohesionado. Sin duda, sin embargo, el plato fuerte de la noche era La Mer, de Debussy, en el que la orquesta demostró un trabajo más profundo, plasmando las diferentes texturas y colores que sugiere la obra, pero donde quizá hubo algunos descosidos, por ejemplo en el tránsito entre diferentes dinámicas o texturas, las cuales repercutieron en la fluidez general que pide esta pieza. Por otra parte, permitió destacar a diferentes solistas de la orquesta, especialmente a los vientos madera y a las trompetas, que no defraudaron en sus solos. En definitiva, un concierto bien resuelto y de buena calidad, pero que quizá, trabajando con algo más de profundidad sobre la interpretación de las piezas, podría haber sido aún mejor.

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