Cámara

Sobre el Armida en L'Auditori

Miércoles 25 Diciembre 2019

El pasado 14 de noviembre el Armida Quartett ofreció en L'Auditori de Barcelona un concierto doblemente inaugural: Por un lado marcaba el inicio de una temporada en la que esta formación camerística es protagonista y por otro presentaba “Frágil” de Ramon Humet, encargo para el ciclo Sampler Series. El estreno mundial de la obra de este compositor de casa -invitado de este año del Auditorio - y la elección de dos de las grandes obras para cuarteto de Beethoven y Schubert conformaron el repertorio de la velada. A su vez los cuatro protagonistas del Armida fueron unos ejecutores a la altura de las circunstancias.

El repertorio del concierto del Armida Quartett tenía una forma tripartita con una narrativa fácil de leer: un primer Beethoven joven y clásico como apertura (que se fijaba en el modelo de Haydn, de quien de su ópera “Armida” el cuarteto toma nombre); un segundo Humet en clave de estreno, que permitió hacer un paréntesis amplio, estilístico y cronológico; y un tercero Schubert maduro, magnificente, ideal para cerrar. Para comprender el espacio sonoro que creó  el Armida Quartett hay que hablar de su virtud a la hora de dibujar una atmósfera musical y de escucha única para cada panel del tríptico. En conjunto el concierto fue de una calidad interpretativa muy alta, de la cual cabe señalar, de todos modos, algunos matices.

La sala Oriol Martorell es pequeña, oscura, caoba. La entrada de los cuatro instrumentos de madera nos abrió entre el ramaje de este núcleo boscoso un claro musical: el concierto empezó con la brillantez y nitidez del Cuarteto  en fa mayor op. 18 de Beethoven una obra joven y vibrante. Vibrante y joven es también el Armida Quartett. Nacidos en Berlín en 2006, el conjunto formado por Martin Funda y Johanna Staemmler (violines), Teresa Schwamm (viola) y Peter-Philipp Staemmler (violonchelo) se ha proyectado internacionalmente con mucha fuerza desde su primer premio en la Competición Internacional de Música Clásica de Munich (ARD) el 2012. Su interpretación de Beethoven fue ágil, con un punto de dramatismo que ofreció una pincelada de personalidad a la música. Durante los tres movimientos iniciales y, especialmente en el allegro final, el cuarteto acentuó las pausas mientras que viola y violín segundo mantenían una gestualidad con que reafirmaban este pathos. La cohesión del grupo pero fue un poco difuminada en este primer contacto, con un violonchelo que parecía no encontrar toda la seguridad propia de la cuerda más baja.

En el centro del repertorio, en contraste con el formato clásico de este Beethoven, el estreno de Frágil perfiló una escalera al escenario y con ella una asunción musical que colocó al oyente en un plano muy diferente. La de Ramon Humet es una obra en siete movimientos con título propio, como un cuaderno de poesía: I. Frágil, II. Silencio, III. Flor... Poética y reflexión sonora son esos cardinales en las creaciones del compositor e ingeniero catalán. Esta primera obra para cuarteto, nacida del encargo por el ciclo Sampler Series del Auditorio, habla de los límites del audible y de las nuevas sonoridades que descubrir en estos horizontes. La pieza cuenta, además, con sonidos grabados electrónicamente que preparan el lienzo con una primera capa sonora. El cuarteto trazó encima una música envolvente, atmosférica. Desde allí reconocimos espacios sonoros muy familiares: humo de un tren y recuerdos de una alarma madrugadora; luz dilatada por el medio acuoso y cuerpos zambullidos en las olas…

Los armónicos en los diferentes instrumentos dominaban el espacio musical en todo momento y los cambios de arco (uno con resina, el otro sin ella) con la dirección a coro, impecable y a tempo, hacían de la coreografía del cuarteto un espectáculo por todos los sentidos. En esta burbuja de sonidos casi extinguidos, nacidos del roce directo de la madera o de la escurrir de los dedos, emergían pequeños temas tonales que ofrecían cohesión a cada sección. La pieza de Ramon Humet no satisfizo el público, ni llenó el vacío que anhelamos encontrar en el tipo de escucha a que estamos acostumbrados; no era tampoco su objetivo. La insatisfacción sonora nos dotó nuevas reglas de juego por la experiencia musical y por esta razón fue excepcional.

El tercero de los paneles fue  una obra monumental y madura de Schubert, el Cuarteto de cuerda n.º 15 en sol mayor op. 161 D887. Con sus cuatro movimientos y una duración de 45 minutos, el cuarteto puso negro sobre blanco la potencia del cuarteto de cuerda. Si antes habíamos encontrado un violonchelo modesto y casi apartado, durante el primer movimiento allegro molto moderato en cada intervención suya se mejoraba hasta conseguir un diálogo muy bueno entre el grupo en el andante uno poco moto. La naturalidad del cuarteto ganó bastante progresivamente, estallando en esta obra. Schubert sonó vibrante, despertándonos de la experiencia de sueño en que nos habíamos adentrado antes. El Armida Quartett consiguió un final satisfactorio, adecuado para cerrar resumir todas las gammas de colores, técnicas y talento que requería el conjunto del tríptico musical.


Fotos: Armida Quartett, Ramon Humet

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