Guinjoan visto por BCN216

Sábado 11 Enero 2020

Este jueves pudimos disfrutar, en el Petit Palau, de un emotivo concierto en homenaje al maestro Joan Guinjoan, a quién perdimos ahora hace un año. Ernest Martínez Izquierdo, al frente de BCN216, fue el encargado de rendir el tributo a esta figura fundamental y el resultado sonoro fue de primer nivel. El concierto se enmarcaba dentro del Ciclo d'Intèrprets Catalans del Palau de la Música.

Visiblemente emocionado durante todo el concierto, Ernest Martínez Izquierdo demostró el profundo conocimiento de la obra del maestro y la bregada experiencia al frente de la formación de referencia de música contemporánea en Cataluña, BCN 216, con una trayectoria que lo ha llevado, en las últimas décadas, a estrenar importantes obras de autores catalanes. Formaciones como Crossinglines o Barcelona Modern Ensemble beben del chorro de la experiencia y el entusiasmo por el trabajo muy hecho de esta formación histórica que, a pesar de todo, está más viva que nunca, con intérpretes transgeneracionals y de gran talento.

Los músicos de BCN216 sabían lo que hacían en el Petit Palau el pasado jueves. Experimentados intérpretes de música de nueva creación se agruparon para hacer una demostración de buena praxis y talento para homenajear aquel personaje lleno de bonhomía, genialidad, extrema sensibilidad, profundidad estética y apertura de miras. Joan Guinjoan sabía conjugar con inteligencia diversas corrientes estéticas con oficio e intuición, y recibir el aplauso del público sin perder la autenticidad. Cultivó varias vertientes artísticas: pianista, compositor, director, impulsor de la nueva música (con la creación de Diabolus in Musica) y la defensa del gran repertorio del XX (especialmente Schönberg, Stravinski, Ligeti, Messiaen, Boulez o Hindemith, de los cuales se sentía deudor), además de apoyar a los jóvenes compositores y tuvo interés para dialogar con las artes plásticas. Los expertos lo denominan el “cartesiano mediterráneo”, arraigado en la tierra, pero a la vez tan universal, esta mezcla entre la meridionaliedad y el interés por la ciencia (sincrotó Alba) y aquello fáctico pasado por el filtro de su subjetividad.

La primera pieza que se interpretó fue GIC 79, obra dedicada a Grup Instrumental Català y que iniciaba en el límite de lo audible. La auténtica creatividad de*Guinjoan se percibía en la conjunción de técnicas instrumentales expandidas, a la vez que no perdía nunca el elemento lírico y las ganas de explicarse, de crear una comunión con el público que pocos artistas están dispuestos a generar -pero a los cuales todos aspiran. Además, en todas sus obras hay una investigación de la riqueza tímbrica extraordinaria y, en esta pieza, concretamente, fueron relevantes también los juegos rítmicos que incluso nos hacían pensar en influencias jazzísticas. Estructuralmente, la obra estaba fundamentada en pequeñas células que iban mutando en sí mismas y entre los instrumentos, generando contrastes. Hay que destacar también un uso muy inteligente de las dinámicas que dotaban de alma la pieza.

Barcelona 216 fue dedicada al grupo que la interpretaba, muestra también del fomento de la música clásica y el apoyo a (en aquellos tiempos) jóvenes formaciones emergentes. Es una pieza que no deja de ser un reducto de aquel Romanticismo generatriz e inspirador que todos los autores del veinte llevan dentro. El uso de la percusión es depurado y se percibía un contraste entre un cierto impresionismo en el tratamiento atmosférico de esta y el piano y, en cambio, secciones más duras en la cuerda. Al fin y al cabo, la contraposición entre aquello lírico y aquello prosaico que daba un resultado muy amigable a la escucha, incluso la más desacostumbrada también, quizás, porque el discurso fluía de forma orgánica y se convertía en generatriz de nuevas sensaciones como, por ejemplo, de la llovizna que se desprendía de unos agudos controlados pero inspirados. Al final, un toque de genio hizo estallar el público a aplaudir.

Ya a la segunda parte, Homenatge a Chopin no escondía nada la influencia de la fuente de inspiración, que es el op. 35 del compositor polaco, con un piano al límite siempre entre la consonancia y la disonancia, una revisitació totalmente innovadora y actual del ideal delicado y edulcorado que algunos tienen de Chopin, con un piano a golpes frenético y con unos agudos más densos que los del polaco. Una visión nada idílica pero sí idealista de la música de Chopin, que era presente inteligentemente en cada gesto, cada intervalo y cada suspiro del instrumentista.

El concierto se cerró con Homentge a Carmen Amaya, otra pieza dedicatoria que reflejaba perfectamente el espíritu del artista, con una percusión que cantaba, bailaba, sonaba al ritmo de las palmas y creaba melodías sugerentes y marcadas de carácter. De hecho, este atributo, el carácter, definía la pieza, del mismo modo que define la homenajeada, llena de arrebato y autenticidad, que inspiró momentos musicales tan felices que el espectador con un poco de sensibilidad disfrutaba hasta la catarsis. De hecho, una catarsis colectiva pero que todavía es minoritaria. Pensar que hay tantas almas perdidas en la era de la aceleración y la superfluidad que, quizás, nunca se atreverán a escuchar un poco de esta música, me sacude. Pero no perderemos nunca la esperanza en unas nuevas generaciones que están más preparadas que nunca y tienen un talento y un empujón inagotables. Y siempre restaremos como los que, en conciertos como el de jueves, e incluso siendo los más ateos, se manifiesta en nosotros lo auténticamente divino.

Fotos: Joan Guinjoan con partitura; Ernest Martínez Izquierdo dirigiendo.

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