opera

Aida al Liceu. La màgia del passat

Lunes 20 Enero 2020

En la nutrida historia del Gran Teatre del Liceu, la Aida de Verdi ha sido la ópera más representada, concretamente 454 funciones, a las que se deberán añadir las 14 de esta nueva tanda que se podrá ver hasta el 2 de febrero . La lista del Top Ten leceista continúa todavía con otra obra de Verdi, Rigoletto, además de obras del repertorio francés como La favorite o Faust. Más Verdi aún, Il trovatore, Donizetti (Lucia di Lammermoor) y Meyerbeer con Los hugonotes (225), la grand opéra que no se ha vuelto a representar desde el lejano 1971.

El tercer edificio conmemora este año los 20 años de su inauguración. Ha sido, por tanto, una voluntad histórica la que ha llevado el teatro a volver a programar la ópera de Verdi. Si la temporada se iniciaba con una Turandot futurista en la sorprendente producción multimedia de Franc Aleu, con esta Aida el Liceu ha querido volver la mirada hacia su glorioso pasado, al menos en cuanto a su vertiente escenográfica.

Asistimos a la segunda función, la del 14 de febrero y la primera del segundo reparto. En esta ocasión la orquesta del Liceu ha sido dirigida por el valenciano Gustavo Gimeno, con una visión muy unitaria de la larga partitura verdiana, con un buen control de las dinámicas y los volúmenes, pero sin hechizar en los momentos más líricos, como el delicado preludio o la escena de nocturno junto al Nilo del acto tercero. La orquesta sonó compacta, sin los desajustes de otros títulos, con una mejora considerable especialmente en la sección de metales, tan importantes en los momentos más triunfales de la ópera.

El coro, visiblemente nutrido con refuerzos externos, también tuvo una feliz prestación bajo la dirección de Conxita Garcia. Destacó la sección masculina, con unas poderosas interpretaciones en escenas tan comprometidas como la del templo de Ftah al final del acto primero o el juicio de los sacerdotes al comienzo del cuarto.

Desgraciadamente, un teatro de grandes voces como el Liceu, unas voces unidas inevitablemente a la ópera de Verdi (el recuento que hace el maestro Tribó el programa de mano es impresionante), pareció empequeñecer unos cantantes a medio gas.

La soprano norteamericana Jennifer Rowley debutaba la protagonista etíope y también al teatro de la Rambla. Es la suya una voz interesante, con uniformidad en toda la tesitura y calidez de timbre, a pesar de algunos agudos poco cuidados. La soprano decidió culminar el acto segundo con el mítico Mi bemol, proeza que pasó bastante desapercibida por la poca potencia de la emisión. Dejando de lado esta curiosidad, a su interpretación le faltó arrebato, pasión verdiana, italianidad.

Irregular fue el tenor Luciano Ganci, con buenos agudos y una voz agradable, pero con algunos problemas técnicos que, a medida que avanzó la función, afectaron a su interpretación, con un final del acto tercero donde el cantante tuvo que hacer uso de la declamación ante una voz que ya no respondía. Afortunadamente, en el maravilloso dúo final del siguiente acto, Ganci pareció recuperarse.

La Amneris de Judit Kutasi tuvo, a pesar de un color vocal no especialmente agradable, una progresión ascendente, que culminó con una sentida escena del juicio al acto cuarto, que el público premió con ovación.

Ángel Òdena configuró una excelente caracterización del sibilino Amonasro. No faltaron a su interpretación los acentos verdianos, la pasión latina ... aspectos que en algún momento afectaron la correcta afinación de algunos pasajes, pero que a cambio conformaron un personaje impresionante.

En el lado opuesto se situó el Ramfis de Marko Mimica, un bajo de voz indefinida, sin la rotundidad vocal necesaria para una parte amenazadora, casi demoníaca, como la de Ramfis. Supongamos que la cuerda de bajo será la más perjudicada en los tiempos actuales, ya que tampoco el rey de Mariano Buccino llegó al nivel aceptable, con serios problemas de afinación. Buena prestación la de José Fadó en la insignificante parte de mensajero, como la soprano Berna Perles como sacerdotisa.

En este ejercicio conmemorativo se recuperó (se dice por última vez) la antigua escenografía de Mestres Cabanes, vista por primera vez en el teatro hace 75 años. A pesar del tiempo transcurrido, los papeles pintados del genial manresano todavía continúan seduciendo al público con su uso de la perspectiva, una magia escenográfica con mayúsculas. Lamentablemente la dirección de escena de esta nueva reposición, a cargo de Thomas Guthrie, no fue mucho más allá de un prólogo y epílogo con el escenario vacío de decorados y unas interesantes partes de ballet en forma de capoeira. Los personajes nos parecieron dejados a su propia improvisación, con una interacción casi inexistente y carente de cualquier contenido dramático.

Sin embargo, en estas épocas de fríos paneles escenográficos, de producciones cargadas de contenidos crípticos o de la vulgaridad convertida en sustrato operístico, no deja de ser un bálsamo poder admirar, aunque sea por última vez, el resplandor de los años gloriosos de nuestro querido teatro.

Foto: A. Bofill, Aida.

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