Conciertos

Beethoven para desayunar, para comer y para cenar en el Palau de la Música Catalana

Miércoles 19 Febrero 2020

El pasado viernes 14 de febrero, también conocido como el día del amor norteamericano, el Palau de la Música acogió la última velada de la tanda Gardiner-Beethoven, con una sala llena a rebosar y una orquesta que, como mínimo, debía estar agotada tras cinco conciertos casi consecutivos. La última velada de este ciclo dedicado al maestro germánico contó con un Gardiner pletórico que se colocó al frente de la Orchestre Révolutionnaire et Romantique para ofrecer la guinda del pastel o, al menos, eso es lo que se rumoreaba por el sector melómano de la ciudad.

Tras los numerosas tweets y titulares alabando al maestro inglés de la música romántica et révolucionnaire, cualquier habría corrido hacia el Palau a ver el origen de tanto elogio, y es que la propuesta de Sir John Eliot Gardiner era, cuando menos, adecuada para el año que internacionalmente se ha bautizado como "año Beethoven"; es curioso como un compositor canónico e interpretado como ningún otro se crea con la imperiosa necesidad de ser recuperado, pero eso es material para otra historia.

El viernes, pues, era el turno de la Sinfonía nº 8 en Fa mayor, op. 93 y la Sinfonía nº 9 en Re menor, op. 125 "Coral" de Beethoven. De entre las hileras de intérpretes, el conjunto de la Orchestre Révolutionnaire et Romantique, liderada por Gardiner, demostró estar en espléndida forma, a pesar de la maratón musical que culminaban esa noche.

La primera parte del concierto fue protagonizada por la octava sinfonía, interpretada por una orquesta casi toda de pie, con unos instrumentos preciosos, dignos de estar dentro de una vitrina, y con un público totalmente entregado. Los contrastes dinámicos se hicieron casi palpables, de tan precisos y acentuados como fueron, y Gardiner y su batuta parecieron crear olas de sonido que la orquesta cogía al vuelo.

La octava sinfonía de Beethoven, escrita en 1812, fue interpretada con una obvia excelencia historicotécnica, y es que tanto Gardiner como la orquesta que dirigía son grandes maestros de la interpretación "de la época". Vislumbraban vibratti tímidos, emoción relativamente contenida. Básicamente, les salía el postromanticismo por las orejas. En términos de emoción, debo decir que me esperaba algo apoteósico y no fue el caso, pero también hay que decir que la gran mayoría de las asistentes al concierto esperaban con ansia la segunda parte del programa. Y aquí se incluye una servidora.

La segunda parte del concierto hizo entrar en escena el famoso Monteverdi Choir, el Coro de Cámara del Palau de la Música, la soprano Lucy Crowe, la contralto Jess Dandy, el tenor Ed Lyon y el bajo Tareq Nazmi. Todos ellos, bajo la batuta de un director que, contrariamente a lo que se podría pensar, pareció devolver el podio con energía renovada. El inicio de la archiconocedísima sinfonía creó una especie de ruido entre el público, y cuando se levantaron los y las solistas vocales, demostraron estar completamente a la altura de todo el espesor instrumental que les rodeaba.

Si bien es cierto que la técnica y la puesta en escena fueron dignas de ser recordadas, también lo es que el hecho de sentir emoción o no por algo artístico que es del todo subjetivo, y parece ser que en el caso de la última velada de Gardiner en el Palau, las sensaciones se dividieron entre las de un público fervoroso y entregado, y las de una parte del público más bien impermeable. Las intervenciones vocales se fusionaron a la perfección con la interpretación instrumental, y aunque una constante sensación de velocidad, sobre todo de las voces, se llegó a buen puerto.

Tras un inicio delicado, bonito, enérgico y potente, entonaron el que todo el mundo había venido a escuchar, el Finale de la Sinfonía Coral. Levantaron todas las voces y también la orquesta, y entonaron el conocido "himno a la alegría", que sumergió el Palau en una especie de rêve européen, y que, junto por ser retransmitido por la televisión, que contaba con numerosas cámaras en la sala, tiñó el ambiente de una suntuosidad admirable.
 
Fotos: Palau de la Música Catalana

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